Recuerdo, cuando de pequeño, jugaba con mi hermano Jose. Como todos los críos, nos perseguíamos por las habitaciones, nos subíamos al sofá… y, en alguna ocasión, ¡Zas, jarrón roto! Mi madre llegaba hecha una “hidra” a regañarnos y darnos algún azote. Yo, desconsolado, me disculpaba con el clásico: “No me di cuenta”. A lo que ella respondía con esa frase aprendida en el curso de madres: “Pues haber puesto más cuidado”. En aquellos momentos, me parecía una respuesta cruel e injusta, pero ahora voy descubriendo la profunda verdad que encierra esa sentencia lapidaria. Poner un poco más de cuidado es la clave para no hacernos daño.

Ya de adultos, hemos adoptado, como un cajón de sastre de las disculpas, aquella frase infantil: “no me di cuenta, fue sin querer”. Y con esa excusa, vamos por la vida demasiadas veces apartando la vista de lo que no nos gusta ver. Porque, al igual que unos niños jugando, vivimos a nuestra bola, preocupados únicamente de nuestras urgencias. Mientras tanto, hay muchos lamentos a mi alrededor que he dejado de escuchar, tal vez porque si los llegase a oír, me complicarían la vida. Y no me refiero solo a los grandes dolores de la humanidad, sino al amigo que está pasando mala racha, el compañero de trabajo que necesita un rato de charla, o el abuelo que pasa demasiadas horas solo…

De una manera inconsciente, preferimos muchas veces vivir en una burbuja, en la que rara vez entran voces que nos conmuevan de verdad. El pasado domingo leíamos el famoso juicio de Mt 25. Cuando se presentan ante el Padre, el segundo grupo le dice: “Señor, ¿cuándo te vimos hambriento o sediento, emigrante o desnudo, enfermo o encarcelado y no te socorrimos?”. Esto, traducido a palabras de hoy, sería: “Señor, perdona, pero es que no nos dimos cuenta, fue sin querer”. La respuesta del Padre es muy seria con los que, “sin querer” habían dejado a muchos heridos en la cuneta de la historia.

Hoy el reto que os propongo es dejar dentro de cada uno de nosotros, un espacio en el que esas voces resuenen. Educar nuestra mirada y sensibilidad para descubrir a los que necesitan nuestro abrazo y nuestra palabra. Hoy me pides que sea capaz de desviar un ápice mi ruta, que calme mis prisas y acalle mis urgencias para ser un poco más permeable a las necesidades e historias ajenas.

Por último, Señor, te pido perdón por todos los dolores cercanos que no vi o pasé de largo. Edúcame la mirada para hacerla tan atenta y misericordiosa como la tuya. Porque sin querer, como niño jugueteando, voy demasiado aprisa, y puedo dejar algún que otro jarrón roto.

Ramón Bogas Crespo

Director de la oficina de comunicación del obispado de Almería

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