El sábado pasado tenía la mañana libre, y cogí la bici. Me gusta hacerlo por el Cabo de Gata para sentir ese sol de invierno que calienta, pero no quema. Pero ese paseo fue especial: habían caído tres gotas, y el desierto estaba hecho un vergel. Que me perdonen los vascos o asturianos que me estén leyendo, pero así me lo parecía a mí. ¡Qué tierra tan agradecida! Solo unas gotas bastan para hacer de un desierto un espectáculo digno de contemplación. “Dicen que Almería es fea…”, reza una canción popular, y a mí me costó contener las lágrimas ante tanta belleza. Es el misterio de una tierra, en la que en verano, nadie apostaría ni un chavo a que pudiera germinar y cada año se tiñe de verde con solo unas gotas de lluvia para el disfrute del que sabe mirarla con sensibilidad. Contemplar este espectáculo es ser testigo de la vida que no se da nunca por vencida. Siempre está esperando el momento propicio para renacer.

El otro día me contaba un amigo que cuando queda con una prima suya sólo le cuenta los muertos que ha habido en el pueblo o detalles exhaustivos de enfermedades varias. Son esos profetas de calamidades que no nos dejan ver que la vida sigue brotando, a veces, inesperadamente. Y hay miles de historias a mi alrededor que podrían ser pequeños cuentos de Navidad. Un matrimonio amigo, a punto de separarse que, con voluntad de las dos partes, ahora están viviendo una etapa preciosa de su relación. El compañero, parado de larga duración, que encuentra trabajo a sus cincuenta y tantos… pequeñas historias de desiertos que brotan cuando ya casi habían tirado la toalla.

Dice la canción de Serrat: “De vez en cuando la vida nos besa en la boca, y nos sentimos en buenas manos”. Seguramente, Serrat no la compuso en clave religiosa, pero a mí me suena al Dios que viene en esta Navidad como lluvia fina regando nuestros desiertos.

Haz, Señor, que sepa ver a mi alrededor desiertos floridos, brotes de esperanza. Que no me convierta en la prima que cuenta desgracias. Que sepa recibir, en estos días navideños, el agua que necesita mi vida para despertar de mi letargo prolongado, y vuelva a reverdecer para ser paisaje hermoso que alegre a las personas que viven cerca de mí. “Porque cuando menos lo esperas, la vida afina con el pincel, se nos eriza la piel, y faltan las palabras”.

¡Feliz Navidad!

Ramón Bogas Crespo

Director de la oficina de comunicación del obispado de Almería

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