Todas las familias guardan algún secreto. Son aquellos acontecimientos pasados (o presentes), que por vergüenza o temor al qué dirán, nunca se cuentan. A veces, simplemente, son temas que no pueden hablarse abiertamente, aunque toda la familia los conozca. Intentamos vivir el día a día, vamos al mercado, salimos con los amigos, pasan los días y los años, y ahí se van quedando esos secretos guardados en el COFRE DE LAS PALABRAS NO DICHAS.

También sucede en el ámbito personal. Aquello que me pasó, ese sentimiento inconfesable que siento, aquella trastada que hice… puede que no sean grandes cosas, ni argumentos para una película, pero están ahí y de vez en cuando salen a superficie. Intento apartarlos de mi mente, distraerme con otras cosas, pero cuando me descuido o relajo mi vigilancia… vuelven otra vez a las andadas.

Es evidente que todos tenemos un espacio inviolable de la intimidad que debemos respetar, pero los expertos avisan del peligro emocional de lo “no expresado”, lo “no reconocido”, lo “no dicho”. En casos extremos, pueden generar algún tipo de patología en la psique de la persona o enrarecimientos en el sistema familiar.

Leíamos el pasado Domingo un relato del evangelio de Marcos (Mc 1, 21-28), en el que Jesús se encuentra con un hombre que tiene un espíritu inmundo. Dicen, desde la antropología cultural, que las sociedades más reprimidas eran generadoras de esos demonios que podían expresar lo que no era permitido. Jesús se enfrenta a ellos, les da un espacio de libertad y sana a la persona por dentro.

Y es que las palabras curan, liberan, relajan y expulsan demonios. Todos hemos tenido alguna vez esa experiencia, en la que sentías que algo te ahogaba por dentro, y cuando se lo cuentas a tu amigo del alma, se produce ese milagro de la íntima comunicación que convierte los dramas en problemas superables. Así lo hace el Maestro: escucha sin prejuicios, empatiza con los que sufren y expulsa sus demonios.

¡Cuántas palabras no dichas, Señor! ¡Cuántos secretos familiares y personales! Hoy te pido, Jesús, que te acerques y toques mi vida también. Con cuidado, respeto y prudencia quiero ir poco a poco, sacando algunas palabras de ese COFRE, que reprime y enturbia la vida. Que seas Tú, al primero que me atreva a contárselas, y me ayudes a encontrar ese espacio de amistad y relación, donde se escuchen y acojan con cariño, esos pequeños secretos que necesitan ser expresados para, de esa forma, ser sanados.

¿Te cuento un secreto? Atrévete a contarle al Jefe, con toda libertad, tus secretos. Ya verás que bien sienta…

Ramón Bogas Crespo

Director de la oficina de comunicación del obispado de Almería

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