Recuerdo cuando de niños nos hacíamos “pupa” e íbamos corriendo a llorar a nuestra madre. Con sabiduría, ellas nos decían: “Dime donde te duele”. Tocaban nuestra herida y nos decían: “Sana, sana, culito de Rana…”. Milagrosamente, ya nos habíamos curado y seguíamos jugando como si no hubiera pasado nada. Son las manos de madre que tienen poder de curar.

Precisamente, hablaba el otro día con un amigo sobre nuestra infancia. Quedó huérfano de padre a los 5 años, y su madre (una de tantas mujeres coraje de postguerra) tuvo que sacar a dos hijos adelante con sudor y lágrimas. Me decía: “Mi madre me quería mucho, pero no me tocaba, no era de muchos abrazos”. Eran épocas recias, donde no abundaban las caricias. Recordaba su amor, pero anhelaba sus manos. Y es que hay veces que tenemos “hambre de piel”, sed de caricias.

A menudo, se nos va la vida en mil palabras, y lo que necesitamos son “mimos”. Desde el altar, adivino a tantas personas deseosas de un contacto humanizante que se les ha negado por edad, fealdad, timidez… No quieren más sermones, sino unas manos que sanen y toquen heridas como las de nuestra madre. Porque hay momentos que una caricia da más confianza que mil versos y un abrazo es la mejor respuesta a nuestros miedos.

Jesús era un “tocón”. Tocó a Naím, a la suegra de Pedro, a la Hemorroísa, a la hija de Jairo, al leproso… Me gusta pensar en Jesús como un hombre que también hablaba con sus gestos. Imaginar un Dios que toca este mundo a través de las manos de Jesús. Y tocándolo, salva y sana. Son las manos de un Dios que se manchan y quedan pringadas por la realidad de aquellos a quienes toca.

A veces, se nos dice que hay que hacer buenas obras, cumplir mandamientos, ser buenos cristianos… Y creemos que eso se hace con la mente, las ideas o el bolsillo. Y, en muchas ocasiones, ser seguidores de Jesús es apretar una mano, acariciar un rostro, prometiendo estar ahí y haciéndolo saber.

¡Tócame, Señor! Que, como cuando era niño, me siguen doliendo mis heridas. Que sienta tu medicina en las caricias de los otros. Que este mundo aprenda a tocarse como Tú lo hiciste. Que las madres mezan a sus bebes, los amigos se palmeen la espalda, las parejas intercambien promesas y besos, los ancianos paseen del brazo de sus hijos…

Hoy acabo mi reflexión regalándote un breve poema de Miguel Hernández: “La cantidad de mundos que con los ojos abres, que cierras con los brazos. La cantidad de mundos que con los ojos cierras, que con los brazos abres”.

Ramón Bogas Crespo

Director de la oficina de comunicación del obispado de Almería

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