Siempre fue uno de mis sueños ir a África. Y el Jefe me lo puso en bandeja. En Roquetas, pudimos abrir las puertas del Centro Afrika: un lugar de acogida y ayuda a los africanos dirigido por los Padres Blancos. Ellos me inocularon su pasión por aquella mágica tierra. Les propuse mi idea de marchar e hicimos un plan. Un tiempo en Londres para mejorar mi inglés, para más tarde poder marchar a Malawi.

Preparé, personalmente y materialmente, este ansiado viaje como ningún otro. Vacunas, información, medicamentos, ropas de aventura… ¡Todo listo! O eso creía yo. Llevé crema hidratante, pero no una linterna. En Malawi (por su proximidad al ecuador) anochece todos los días del año a las 6 de la tarde y amanece a las 6 de la mañana. Y descubrí (¡oh, My goodness!) que durante la noche no funcionaba el generador. Cenábamos con un candil y nos íbamos a nuestra habitación 12 eternas horas. Imaginaos el panorama para un servidor que duerme apenas 7.

Sin luz para poder leer un buen libro (¡cuántas veces me ha salvado la vida una buena lectura!), sin internet, sin teléfono, sin televisión… 12 horas de silencio, soledad, oscuridad y desierto. Paradójicamente, estaba preparado para la malaria, la guerrilla, las pésimas condiciones higiénicas, la escasa comida… pero no para soportarme a mí mismo 12 horas diarias sin distracción.

Veo a mi alrededor a muchas personas mayores que fueron aguerridos luchadores, padres y madres valientes que sobrevivieron a mil penurias y nada se les oscureció. Lucharon contra las adversidades de la vida con un coraje envidiable, pero cuando se quedaron solos se derrumbaron como un castillo de naipes. Como en mi viaje a África, estaban preparados para todo, menos para la gran prueba de soportarse a sí mismos.

Vivimos muy deprisa. Rodeados de estímulos, ruidos, voces… Empujados por las rutinas, seducidos por las novedades, inquietos por mil cosas y, sin embargo, cuando nos toca vivir en la intemperie del silencio, suenan dentro de nosotros voces que, de otro modo, permanecen calladas.

En Cuaresma, la iglesia nos lleva al Desierto. Un lugar emocional en el que tenemos que enfrentarnos a nuestros demonios y escuchar nuestras voces interiores en el silencio de la noche. Y aunque cueste el ayuno, nos rasquemos el bolsillo y recemos mil Via Crucis, la gran prueba de la vida son 12 horas diarias de soledad y silencio.

En medio de este desierto, Señor, háblame. Interrógame desde los más esencial. Desnúdame de lo que no sirve, de lo que no necesito. Y, sobre todo, prepárame para la mayor aventura de la vida que soy yo mismo.

Ramón Bogas Crespo

Director de la Oficina de comunicación del obispado de Almería

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