Dice un amigo mío que existe un “Manual de madres” aprendido concienzudamente en todos los rincones de España: “Me vas a quitar la vida” o “Con las ganas que tenía de que crecieras, para esto” son algunas de sus frases preferidas. Pero se habla poco del “Manual de padres”, más discreto, pero también en vigor. Una de las sentencias típicas de mi padre (y del tuyo, seguramente) es “si no fuera por raticos como estos”. Se suele usar en bodas, bautizos y comuniones, y expresa, de manera popular, la alegría de la fiesta y la acción de gracias por todo lo recibido.

Es cierto que hay momentos en la vida en los que parece que agarras la felicidad con la mano: la familia reunida, los pasos vitales de los hijos, la carcajada con los amigos… También los hemos vivido en la vida espiritual. Un campamento de verano, una peregrinación, una misa especial… esos momentos en los que parece que tienes a Dios tan cerca que podrías recostarte en su regazo. Es cierto que se van, que la rutina los termina acallando, pero que “te quiten lo bailao”, porque te llenan de fuerza y alimentan para un buen trecho en el camino.

Aunque lo ideal es buscar la felicidad en lo cotidiano y lo pequeño, hemos de reconocer que la vida está llena de momentos “valle” y momentos “pico”. La sabiduría consistirá en saber vivir en la llanura con nuestras pequeñas alegrías cotidianas y nuestros pequeños encuentros, pero también saber aprovechar esos momentos álgidos, recargar pilas y coger fuerzas para cuando lleguen los reveses de la vida.

En el camino de la cuaresma, la segunda parada después del desierto será la del Monte Tabor. Pedro, Santiago y Juan van a tener (como dicen los modernos ahora) un MOMENTAZO. Un encuentro con un Jesús transfigurado, tan emocionante que casi se arrancan a cantar “estamos tan a gustito”. Lo que no sabían es que tenían que guardar esa alegría para lo que les esperaba en Jerusalén.

Y esa es la “moraleja” de este artículo. Que aprendamos a exprimir esos “raticos” de la vida. Porque cuando llegan, tenemos la tentación de creer que durarán toda la vida. Que sepamos ponerle nombre: “Dios está presente en nuestra vida” y sepamos acumular la energía que dan para cuando llegue nuestro “Jerusalén”.

Ahora te doy gracias, Señor, por mis instantes Tabor. Recuerdo los rostros con los que compartí esas experiencias. Te pido perdón por no reconocerte, a veces, en ellos. Porque al final tenían razón nuestros padres que SI NO FUERA POR RATICOS COMO ESTOS la vida sería mucho más aburrida.

         Ramón Bogas Crespo

Director de la oficina de comunicación del obispado de Almería

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