Creo que a todos nos ha pasado. Un día le dices a tu pareja algo cotidiano: “¿me traes un vaso de agua?”, y de repente ves que cambia la cara, muta a fiera corrupia y, sin saber por qué, empieza a gritarte: “estoy harto, siempre igual, te levantas si quieres, bla bla…”. Tranquilo, ha sido un ataque de ira. Esa rabia acumulada y callada que, cuando menos lo esperas, revienta la tapa. Hoy, amigos, os voy a hablar de la rabia y la ira.

Todos los sentimientos son buenos. La rabia también. Estamos “bien hechos”, y todas las pulsiones que sentimos interiormente son parte de la maravilla que es el ser humano. Otra cosa es cómo la manejemos interiormente y seamos capaces de expresarla. Hemos sido educados (especialmente las mujeres) a no expresar la rabia. Es cierto que depende de la psicología de cada persona, pero, en general, se nos ha dicho que es un mal sentimiento y por ello, hemos de reprimirlo.

El resultado de esa represión es la ira. Una explosión incontrolada de rabia que te lleva a donde no querías ir. Tanto que, en ocasiones, la persona llega casi a no ser consciente de sus actos. Te consigue dominar, de tal manera, que te arrastra a decir palabras que se clavan en el corazón del otro como puñal hiriente. La ira, uno de los pecados clásicos, solo deja tierra devastada.

En cambio, la rabia como emoción no es mala. Bien enfocada es la “fuerza tranquila” para poder afrontar una injusticia, un maltrato… La rabia nace como una defensa de la persona, fruto de su dignidad pisoteada. “Hasta aquí hemos llegado, esa línea no la cruzas” podría ser una buena expresión de una persona que sabe sacar la rabia para que no la pisoteen. Pero esa rabia no es violenta. Debe expresarse con asertividad, firme y tranquilamente a la vez.

Alguna vez nos hemos preguntado si Jesús sintió rabia. Y la respuesta está en el evangelio que leíamos el pasado domingo de la expulsión de los mercaderes en el Templo. El Maestro reacciona con rabia cuando se manipula a Dios, se mercadea con Él o se desvirtúa su nombre. No puede permitirlo y lo expresa con palabras y gestos.

Ahora nos toca a nosotros revisar cómo andamos en nuestra gestión de la rabia y la ira. Porque de ese trabajo interior va a depender la salud de nuestras relaciones personales: icono de nuestra relación con Dios. Podemos tener la tentación de acallarla, sonreír constantemente con el peligro de que se nos pudra y acabe saliendo por peteneras. Quizás seamos de esos que tenemos permanentemente mal humor. En ese caso tendríamos que revisarnos más profundamente: algo falla. Tal vez, seamos de los que estamos arrepentidos por algún ataque de ira con la persona amada… Sea cual fuere nuestro caso, ayúdanos, Señor, a saber expresar correctamente la rabia para defender lo justo, sin que nos coman el terreno. Así, firmes, tranquilos, con dignidad… A TU MANERA.

Ramón Bogas Crespo

Director de la oficina de comunicación del obispado de Almería

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