¡Menudo chasco me llevé! En mis tiempos de universitario en Granada, preparé con ilusión una visita de mis colegas a mi pueblo. Esas ganas de enseñar lo tuyo, tu gente. Después de unos meses de preparativos, aprovechamos un puente, busqué alojamiento, y nos montamos en ese eterno autobús GRANADA-ADRA. Llegamos al apeadero, se bajaron mis amigos y lo primero que me espetaron fue: “¡Qué peste a pescado!”. Y un servidor, jamás en la vida, se había dado cuenta de ese olor. Era el mío, la “fragancia” del lugar donde me crie. Tan familiar y tan acostumbrado a él estaba que no era consciente del perfume de mi vida. Indudablemente (en aquellos años aún más), la proximidad de la lonja del pescado, las redes y los barcos pesqueros provocaban ese olor a “marengo” que sorprendió a los visitantes (y que, por cierto, ahora me fascina).

Y es que hay cosas tan cotidianas que se vuelven imperceptibles. Como el ruido de las olas acaba desapareciendo cuando vives junto al mar, o el reloj de la torre cuando naciste en la plaza. Son presencias que se vuelven invisibles. Están, huelen, suenan, pero las hemos olvidado.

Lo terrible es que también nos podemos acostumbrar a cosas más importantes: el calor de la compañía de la pareja, el servicio que hacen tus padres cuidando de los peques, el amigo que siempre llama y propone, la delicada atención de tu médico de cabecera, la palabra amiga del sacerdote de la parroquia o el maestro que se implica en la educación de tu hija. Son cosas cotidianas, importantes, que hacen que la vida merezca la pena, pero, tan cercanas y habituales, que hemos perdido la conciencia de su presencia.

El peligro de contar la Resurrección como un acontecimiento pasado que tengo que recordar, es perder la perspectiva de que Dios es una PRESENCIA. De que cada día me acompaña al trabajo, me manda un WhatsApp a través de gente que me quiere, me acaricia con el fresco de la mañana y me sostiene y anima cuando me da el bajonazo. Como el olor a marengo, está (y ha estado siempre), pero no me había dado cuenta.

Hoy, Señor, quiero parar el “autobús” en el apeadero de mi vida. Descubrir qué olores tiene, hacerme consciente de ellos. No permitas que me acostumbre a lo que tengo, a tus presencias cotidianas, a la gente y los gestos que me recuerdan a ti. Que no tenga que esperar grandes acontecimientos, porque, si me paro y hago silencio, te huelo cada día. Hoy termino parafraseando un poema de Benedetti que cuenta las cosas mejor (y más bonitas) que este que escribe: Esperando que el viento doble tus ramas/ que el nivel de las aguas llegue a tu arena/ esperando que el cielo forme tu barro/ estás quieto. ¿Cómo no sabes todavía que eres el viento, la marea, la lluvia y el terremoto?

 

Ramón Bogas Crespo

Director de la oficina de comunicación del obispado de Almería

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