En el mes de julio de este Año de la Fe un grupo de feligreses de esta Parroquia de Vera, junto con otros grupos de peregrinos de la diócesis, peregrinamos a Tierra Santa, la Tierra del Señor. Es una experiencia de fe que marca la vida. Quisiera ser capaz de dar forma a las vivencias de esos días a través de estas líneas.

Nazaret, Basílica de la Anunciación. Es bueno comenzar una experiencia que nos haga profundizar en el misterio de Cristo de la mano de nuestra Madre, la Virgen María. En aquel lugar uno siente que no quiere marcharse. Hemos escuchado el episodio de San Lucas de la Anunciación y de la Encarnación; acabamos de rezar el Ángelus -¡bien sonado!- hay que continuar la marcha de la peregrinación pero uno no quiere salir de allí. Apetece estar con la Madre, mejor, es una llamada de la Madre a no separarse de Ella ni de su Hijo Jesús. Se me viene a la cabeza una expresión del Papa Francisco en la reciente Jornada Mundial de la Juventud en Río de Janeiro. Fue en Aparecida. El Papa decía que la Virgen nos llevara de la mano a Jesús. Es una expresión tan sencilla como profunda y no menos comprometedora: dejarse llevar siempre de la mano de la Virgen a Jesús. Vamos entrando en la Peregrinación.

Peregrinar a Tierra Santa es renovarse como cristianos. Por eso es importante la renovación de las promesas del Bautismo, y de todos los estados de vida cristiana: para los matrimonios renovar su alianza matrimonial y los sacerdotes renovar las promesas de nuestra ordenación. Visitamos el Jordán y allí renovar las promesas del Bautismo. Jesús fue bautizado por Juan en el Jordán cargando el pecado de todos y tomando ya la actitud de Siervo. El testimonio después de su Resurrección, según la crónica de los Hechos de los Apóstoles: “pasó haciendo el bien”. Vamos a mirar a Cristo y que vaya convirtiendo nuestra vida. En Caná de Galilea los matrimonios, nuestro grupo era fundamentalmente de matrimonios, habían renovado su alianza. Decirse mutuamente si quiero con todo significado: como Cristo amó a su Iglesia. Y en el Cenáculo, como en aquella memorable Cena del Jueves Santo, los sacerdotes renovamos las promesas de la Ordenación: respeto y obediencia al Obispo y fidelidad a Cristo, Sumo y Eterno Sacerdote.  Él que ha comenzado en nosotros la obra buena, Él mismo la lleve a término. No tiene otra razón de ser el sacerdote que Cristo y su Iglesia. Desde el Cenáculo pedimos que con humildad que Cristo sea glorificado por el ministerio de los sacerdotes porque su vida sea un sacrificio de alabanza.

La Tierra del Señor nos va abriendo a todos la mente y el corazón para que vayamos en verdad, no sólo porque geográficamente estemos allí, a la fuente y a la verdad de la existencia humana.

Paseo por el lago de Galilea. ¡Cómo queríamos ver a Jesús paseando por el mar de Galilea! Sin duda que allí estaba para pronunciar nuestro nombre… Impulso de dejar las redes… y con Pedro decir: “¡Señor tú lo sabes todo, tú sabes que te quiero!” Esa misma mañana habíamos celebrado la Eucaristía en el monte de las Bienaventuranzas. Al sentirlas parecía el mismo Jesús, con la música del canto de los pájaros, el que iba mostrando su rostro, y nuestras las ganas de imitarlo. Son un programa de vida: lo fueron para Cristo y lo han de ser para nosotros. Por veces que se peregrine a Tierra Santa, el monte de las Bienaventuranzas tiene un lugar especial.

De Jerusalén, no puedo callar la Hora Santa en Getsemaní. La Adoración Eucarística en aquella Basílica y la oración en el Monte de los Olivos. Impresiona orar donde Cristo oró y pidió al Padre que apartara de él ese cáliz pero que no se hiciera su voluntad sino la suya. ¡Qué enseñanza: velad y orad que el espíritu es decidido pero la carne es débil! A otra mañana el Vía Crucis por la Vía Dolorosa para terminar en la Basílica del Santo Sepulcro. Caminar con Cristo que entrega su vida por nosotros. Como aprendemos de Cristo a no quejarnos y a aceptar la voluntad de Dios. La Cruz de Cristo nos hace ver con claridad lo que Cristo nos dijo: “El que quiera venirse conmigo, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame”. Contemplar el sitio donde Cristo fue crucificado y murió por nosotros y por nuestra salvación.

Para el regreso queda una pregunta. Todo lo ha hecho Cristo por mí, y yo ¿qué voy a hacer por Cristo?

Antonio de Mata Cañizares

Vicario Episcopal

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