Nacer en una trastienda marca la vida. Se aprende mucho de la gente, de cómo funcionan los negocios, y de lo duro que es salir adelante si no te lo curras.  Mi sabia madre, un día, reflexionaba sobre nuestro negocio: “Mira, Ramón, al dueño le duelen las cosas, debe estar pendiente de todo y, si el dueño se va, el empleado flaquea y, a veces, se escaquea”.

Sin duda, todos hemos conocido empleados ejemplares y dueños holgazanes. Pero hemos de reconocer que cuando el negocio es tuyo, te va la vida en ello, implicas el corazón y sacas tiempo, fuerzas y energías de donde no las hay. En cambio, el empleado cumple con sus obligaciones, pero puede tener el corazón y la mente en otro sitio. Aunque es obligado decir que todos conocemos a empleados ejemplares que han sacado los negocios del otro adelante.

Lo que realmente me interesa de esta reflexión es la descripción de dos actitudes vitales (que nada tienen que ver con la economía). La primera de ellas es vivir la vida como dueño y la otra como asalariado. El dueño se implica en la vida, le conmueven las cosas y las personas, pone empeño en que salgan adelante. Deja su corazón y sus entrañas en la tarea que tiene que hacer, en la persona que ha de cuidar. Por ejemplo, cuando es tu hija o tu esposo los que están ingresados en el hospital, no hay horas suficientes ni noches en el sillón que puedan cansarte.

La otra actitud es la del asalariado. El que vive con actitud de asalariado pasa de puntillas por la vida, no llega a implicarse del todo, no se conmueve ante lo que sucede. Es amable, cumplidor y hasta eficiente, pero espera que pase rápidamente el tiempo, que no le compliquen la vida. Siguiendo con el hilo del hospital, sería como cuando vamos a visitar al vecino del quinto, y a los 10 minutos ya estamos diciendo: “Nos vamos, que estarás cansado”.

Leíamos el pasado domingo este inquietante texto: “Yo soy el buen Pastor. El buen pastor da la vida por las ovejas; el asalariado, que no es pastor ni dueño de las ovejas, ve venir al lobo, abandona las ovejas y huye”. Y a mí me invitaba a pensar qué tiene que ver conmigo (y contigo). Me sugiere que Dios nos cuida a cada uno de nosotros como el dueño a su tienda, dando la vida por ello. Y Jesús nos invita a ser “buenos pastores” con la gente, a implicarnos, a comprometernos y nos interpela a no ser de los que pasamos por la vida de familiares, amigos y vecinos como asalariados, abandonándolos en cuanto vienen los “lobos” de la vida.

Y es posible, amigos, subvertir los términos. Hoy traigo a la memoria a mi amiga Encarna, enfermera de un hospital público, que pone en cada uno de sus pacientes la vida misma. Pero también en sus vecinos, en los miembros de su comunidad parroquial, en cualquiera que se le cruce en el camino. En ella veo esa actitud del dueño, del Pastor que se conmueve ante la historia y la vida de las personas. Estoy seguro que hay muchas “encarnas” en el mundo y por eso es tan bonito.

Hoy te invito a pensar sobre cómo afrontas la vida. Porque lo difícil no es ser dueño con los tuyos y con lo tuyo, sino convertirte en buen pastor para los que están más lejos, para los vecinos y amigos. La revolución que Dios nos propone es vivir a la manera de Jesús, buen pastor, con todos y con todo y no solo con lo tuyo. Difícil reto, ¿verdad?

Ramón Bogas Crespo

Director de la oficina de comunicación del obispado de Almería

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