A todos nos ha pasado alguna vez. Aquel amigo, vecino, compañero de trabajo que se marcha o se muda. La despedida suele ser: “Estamos al lado, seguimos en contacto”. La realidad es que pasa un día, un mes, un año… y cuando menos lo esperas, se ha convertido en un desconocido. Es verdad que en el fondo de tu alma lo quieres y valoras su amistad, pero el tiempo y la falta de cuidados en la relación van haciendo estragos y terminan destrozando lazos que creías muy sólidos.

Puede pasar incluso con la familia. Aunque parezca que los vínculos de sangre son inquebrantables, si no cuidamos la paella del domingo o la reunión en la casa de los abuelos en verano, puedes acabar viendo a tus hermanos como unos perfectos desconocidos. Porque estar en contacto, como la rama al tronco, tiene algo de misterio: parece que no está pasando nada, pero esa savia sigue dando vida y manteniendo lozana la relación.

Perdemos el contacto por pereza (“estoy muy liado, cuando saque un rato voy a verlos), por vergüenza (“ya llevamos muchos días sin hablar, dirá que soy un pesado”), por orgullo (“¡siempre tengo que llamar yo, que se acuerde él también de vez en cuando!)… Sea como fuere, todos nos hemos arrepentido por haber perdido, absurdamente, excelentes relaciones porque no hemos cuidado el contacto necesario.

Es cierto que son de admirar los infatigables “animadores de grupo”. Esos que no se cansan de proponer un nuevo encuentro, de escribir algo bonito, de llamar periódicamente… No se les valora suficientemente, pero están siendo artífices de vida y encuentro. A todos ellos que, en casa, en la pandilla o en el grupo de trabajo realizan esta inestimable tarea, aquí va mi pequeño homenaje.

“El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto; porque separados de mí no podéis hacer nada”, (Jn 15,6). Pues todo lo que he contado, amigos, nos puede pasar con nuestra relación con el Jefe. Lo queremos mucho, sabemos que está ahí siempre, pero hay que ESTAR EN CONTACTO. Porque unas veces por pereza. Otras por vergüenza, o quién sabe si algo de orgullo.  Como no cuidemos esa relación, la savia se corta y el fruto se pierde. Aunque parezca antigua mi propuesta, ir a misa los domingos, rezar cada noche y dedicar tiempos de silencio son tareas imprescindibles para que esta “vital relación” siga viva.

Hoy te pido, Señor, que tome conciencia de lo importante que es ESTAR EN CONTACTO. Que sepa sacar tiempo y fuerzas para juntarme con las personas que quiero. Que me deje de chorradas y medidas exactas. Que sepa aprovechar esos momentos para llenarme de la savia necesaria que mantiene viva esa relación y que no pueda arrepentirme de no haber cuidado el tesoro de la amistad y la familia. ¿Y a ti que te digo, Señor? Que sigas teniendo paciencia conmigo, que casi siempre te dejo para el final. Y, aunque te llame poco, sabes que eres el pilar de mi vida y que me haces mucha falta. Menos mal que siempre estás “ON LINE”.

Ramón Bogas Crespo

Director de la oficina de comunicación del obispado de Almería

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