Adoradores en espíritu y en verdad del Misterio Eucarístico. Dejar que nuestra vida se transforme por el alimento que recibimos. Es una petición al Espíritu Santo: que sin desfallecer movidos por el Amor hasta el extremo como nos ama Nuestro Señor, así también vivamos. Y no dudemos, el lavatorio de los pies (Jn 13) siempre nos anima y cuestiona el modo de entender la existencia en referencia a nuestra relación a los hermanos y a la fe que profesamos.

Cómo necesitamos el Espíritu Santo que cambie, que transforme que sople donde quiera y haga nuevas las cosas. Y qué paradoja… como nos choca o parece que no viene bien cuando sopla alguna brisa de aire suave. Pero seamos sinceros… ¡lo necesitamos! ¡Siempre! Esa es la verdadera renovación: la que puede operar en nosotros el Espíritu Santo, porque es el amor de Dios en nuestros corazones. La gran virtud es dejar que actúe el Espíritu Santo y que pueda seguir haciendo ‘maravillas’ en nosotros. Algo así como tener una actitud abierta a Dios que es amor, y no temer que de vez en cuando nos sacuda y nos ponga en nuestro sitio. Ese temor sería temor de felicidad y de vivir en la verdad. Ya sabemos que tiene fuerza el Espíritu para romper todo obstáculo pero lo nuestro es conducirnos por esa fuerza de comunión.

En la sociedad parece que se nos quita la esperanza, o cuando se abre alguna puerta a la esperanza, o por quienes la abren o por el modo de abrir la esperanza se ‘desespereza’ el foco de vida y de ilusión, de renovación que parecía asomarse. No es buena cosa terminar siempre diciendo que todo es más de lo mismo. Sabemos que el ser humano no puede vivir sin esperanza, como no puede vivir sin amor. De vez en cuando podemos repasar la encíclica de Benedicto XVI Spe salvi es una buena meditación y un buen examen. Un cristiano no puede cerrarse a la esperanza ni abandonarse por cansancio o comodidad. Antes de perder la esperanza bien podríamos dejar atrás la mediocridad. Antes de abandonarnos, recordemos que pasamos por la puerta de la fe que se abre en el Bautismo y dura toda la vida, y por tanto la conversión es la gran perspectiva que abre a la esperanza. ¿Acaso no hemos de aspirar a la santidad y la santidad es un don de Dios, una gracia? En la citada encíclica leemos que cuando nuestras esperanzas humanas están cubiertas Dios es siempre nuestra esperanza. Las esperanzas intramundanas, desde luego, pero no sólo, Dios es la esperanza que llena el corazón humano.

El Beato Manuel González, de los Sagrarios abandonados, compuso una oración a la Virgen precisamente en este sentido. Mientras hay aliento de vida no nos podemos cansar. La vida es para darla, ha de traducirse en entrega. En el pensamiento del Beato que fue apóstol de los “Sagrarios abandonados”, está que nuestra vida es adoración a Cristo y en la Eucaristía y en los hermanos. Quede esta oración a Nuestra Madre la Virgen María, mediadora de todas las gracias, que no caigamos en la mediocridad.

¡Madre nuestra! ¡Una petición!: ¡Que no nos cansemos! Sí, aunque el desaliento por el poco fruto o por la ingratitud nos asalte, aunque la flaqueza nos ablande, aunque el furor enemigo nos persiga y nos calumnie, aunque nos falten el dinero y los auxilios humanos, aunque vinieran al suelo nuestras obras y tuviéramos que empezar de nuevo… ¡Madre querida…! ¡Que no nos cansemos! Firmes, decididos, alentados, sonrientes siempre, con los ojos de la cara fijos en el prójimo y en sus necesidades, para socorrerlos y con los ojos del alma fijos en el Corazón de Jesús que está en el Sagrario, ocupemos nuestro puesto, el que a cada cual ha señalado Dios.

¡Nada de volver la cara atrás! ¡Nada de cruzarse de brazos! ¡Nada de estériles lamentos! Mientras quede una gota de sudor o de sangre que derramar, unas mondas que repartir, un poco de energía que gastar, una palabra que decir, un aliento en nuestro corazón, un poco de fuerza en nuestras manos o en nuestros pies… que puedan dar gloria a Él y a Ti y para hacer un poco de bien a nuestros hermanos… ¡Madre mía, por última vez! ¡Morir antes que cansarnos!

Antonio de Mata Cañizares

Vicario Episcopal

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