No es mi intención hablar de política, y menos de contiendas partidistas. Pero ahora que el “caso Cifuentes” va desapareciendo de las portadas informativas, me gustaría reflexionar sobre cómo la opinión pública, y cada uno de nosotros, probablemente, fuimos espectadores complacientes del bochornoso espectáculo de las miserias ajenas.

El famoso “video de las cremas” corrió como la pólvora en las redes sociales y en nuestros teléfonos. Cientos de miles de visionados y descargas. Seguramente, hicimos zoom para ver mejor todos los detalles (hasta en la marca de las cremas robadas) y aunque, posiblemente, los más prudentes dijimos: “Qué pena, pobre chica”, de alguna manera, disfrutamos del espectáculo de la intimidad publicada. Lo que se nos olvida, amigos, es que detrás de ese video hay mucho dolor.

Hay algo malvado en nuestra mirada que nos hace disfrutar de las miserias de los demás. Un pequeño placer en conocer cómo el vecino o el enemigo se han arruinado, separado o liado con la del quinto. Aunque nuestro discurso vaya en la línea de lo políticamente correcto: “Cada uno que haga lo que quiera con su vida”, luego nos sorprendemos en el café de media mañana diciendo: “¡Cuenta, Cuenta!”.

La intimidad es TIERRA SAGRADA. Un espacio donde debemos descalzarnos porque supone pisar en lo más delicado y frágil de la persona. Algo casi divino. Violar esa privacidad o hacer burla de ella es una profanación de un espacio santo.

Además, si lo pensamos bien, todos tenemos una trastienda personal o familiar que no nos gustaría que fuese pública. Hoy sigue siendo válida esa lógica del Maestro de tratar a los demás como te gustaría que ellos lo hicieran contigo. Por fidelidad al evangelio, tendríamos que ser más cautos a la hora de hablar de las miserias ajenas, porque no nos gusta cuando hablan de las propias. Estamos llamados a tener una mirada empática y misericordiosa ante la persona que se ha equivocado, sufre algún tipo de trastorno, o simplemente ha tenido una debilidad. La clave está en no vivir desde el juicio, sino desde la acogida y el respeto a la vida del otro: sacramento del Padre.

Líbrame, Señor, de maniqueísmos simplistas, de descalificar sin más a los demás, de disfrutar con sus caídas o errores porque puede ser que el día que se descubra nuestra porción de noche, que con seguridad llegará, nos arrepintamos de aquellas risotadas. Ayúdame a ser prudente y aprender a tener contención a la hora de “dictar sentencia” contra los demás. Porque no es así tu forma de mirarnos. Tú eres paciente, nos amas incondicionalmente y, aunque te gustaría que diésemos el Do de pecho en nuestra vida, te conformas y nos quieres con un si bemol desafinado.

Ramón Bogas Crespo

Director de la oficina de comunicación del obispado de Almería

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