Juan Pablo II acuñó el neologismo de Nueva Evangelización con las conocidas notas de “nueva en su ardor, en sus métodos y en su expresión” (Haití 1983). En el saludo inicial de su primera visita a España el Papa señalaba que el diálogo, la promoción de la justicia, la atención especial a los más pobres, la elevación humana y moral del pueblo, la inculturación de la fe, la convivencia respetuosa de las legítimas opciones de los demás, junto con la defensa valiente de las propias son las tácticas para recobrar el vigor pleno del Espíritu, la valentía de una fe vivida, y la lucidez evangélica iluminada por un profundo amor al hermano. La nueva evangelización reclama, en verdad, una vuelta al Evangelio y a la aspiración de los bautizados a la santidad para ser testigos ante el mundo del amor de Dios.

         Los documentos del Vaticano II, celebramos ahora los cincuenta años de su apertura, especialmente en el decreto “Ad gentes”, entienden la evangelización preferentemente como misión a los que no creen todavía en Cristo. La realidad ha cambiado mucho en estos cincuenta años y así lo constatan los documentos posteriores que explanan la doctrinal conciliar tales como la exhortación apostólica “Evangelii nuntiandi” (diez años después) y la carta encíclica “Redemptoris missio” (veinticinco años de la clausura del Concilio) cuando al hablar de los destinatarios de la evangelización amplían su horizonte como gran novedad a los ya bautizados.

         Los documentos conciliares y aquellos que han ido desarrollando su doctrina nos permiten un acercamiento a la definición de qué es, en qué consiste y a quién va dirigida la evangelización. En un apretado resumen, acudiendo a las definiciones del magisterio, podemos decir que “la evangelización es el anuncio de Cristo por el testimonio de la vida y por la palabra”, “a los no creyentes para llevarlos a la fe y a los fieles para instruirlos, confirmarlos y estimularlos a mayor fervor de vida”, “a fin de dilatar e incrementar el reino de Dios en el mundo”. Pablo VI resumía en bella síntesis la esencia de la evangelización cuando escribía que “evangelizar es, ante todo, dar testimonio de una manera sencilla y directa de Dios, revelado por Jesucristo mediante el Espíritu Santo”. En consecuencia evangelizar es intentar que el Evangelio sea buena noticia que transforme la vida de quienes lo aceptan.

         Evangelizar es, por tanto, anunciar el Evangelio, es decir, proclamar la buena noticia del reino de Dios como salvación y liberación integral del hombre, especialmente de los más pobres. Así procedió Jesucristo mismo, “el primer evangelizador”; Él es, al mismo tiempo, el Evangelio que se anuncia. “Pero, para que el anuncio se haga salvación liberadora del hombre, y no mera ideología alienante, hay que sumar al anuncio de la palabra los signos de liberación, es decir, el testimonio de la vida y la acción transformadora de las estructuras sociales, mediante la conversión personal y estructural”.

          Esta semana la prensa traía la noticia de un verdadero testigo de la fe en nuestros días: Mons. Rómulo Emiliano, obispo auxiliar de la diócesis de san Pedro Sula en Honduras. Con este obispo conviví quince días el pasado mes de noviembre. Él, junto al obispo titular, Mons. Ángel Garachana, ha tenido un papel relevante y activo en la consecución de una declaración de paz de los líderes de las dos principales maras (pandillas de delincuentes callejeros de Honduras que asesinan diariamente a más de veinte personas). No podré olvidar nunca las conversaciones y confidencias de un hombre de Dios dedicado por entero a la evangelización y reconciliación de un pueblo sumergido en un clima de violencia como no hay otro lugar en el mundo. Tampoco olvidaré jamás que mi primer acto público en la ciudad de Río Lindo, casi al amanecer de mi primer día de estancia en el país, fue el entierro de la maestra María Leticia de treinta y cinco años y tres hijos asesinada por unos jóvenes en la escuela ante los ojos de los indefensos niños con el solo cargo de querer proteger a los menores para que la guerrilla no se los llevara para entrenarlos en la lucha. Para los asistentes, incluida la familia, por desgracia, una víctima más de los más de veinte asesinatos diarios en la capital de san Pedro Sula y sus alrededores. La Iglesia hondureña es signo de paz y reconciliación en un mundo lleno de violencia. Si el Año de la Fe nos propone la recuperación de los testigos del Evangelio aquí tenemos un ejemplo de contemporáneos nuestros que con su vida y ejemplaridad hacen creíble y auténtico el mensaje cristiano.

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