Me inspira hoy el artículo una buena amiga que tiene verdadero pánico a decidir. Y creo que es algo bastante frecuente en nuestro mundo. Exceptuando a los muy seguros de sí mismos (que Dios nos libre de ellos), a mucha gente nos cuesta un mundo decidir si vamos con la familia o con los amigos el domingo, comprar aquella chaqueta o la otra, y ni qué decir tiene, tomar decisiones más importantes: llevar al abuelo a la residencia, dejar atrás definitivamente a esa persona que te está amargando la existencia o emprender un nuevo rumbo en la vida.

A veces, es sencillo. Una opción se presenta claramente como negativa y la otra positiva. En este caso, no hay indecisión que valga. El problema surge cuando las dos cosas son aparentemente buenas, cuando no querríamos renunciar a ninguna de las dos. Ahí, es necesario un proceso de discernimiento, es decir, guiarse por Dios para decidir bien. Si me permiten, hoy me voy a atrever a sugerir una pequeña “GUÍA PRÁCTICA PARA INDECISOS”. Me asesora en esta ardua tarea San Ignacio de Loyola que, hace unos cuantos siglos, ofrecía algunas claves a la hora de cambiar de rumbo.

La primera regla es NO TENER PRISA. Ya sabéis ese refrán de que “las prisas no son buenas consejeras”. Cuando uno está demasiado implicado no decide bien. Se necesita una cierta distancia y una buena dosis de serenidad para acertar. Esta afirmación está muy unida a la segunda regla: “EN TIEMPO DE DESOLACIÓN, NO HACER MUDANZAS”, es decir que, si estás de bajonazo o con un cabreo monumental, no es el tiempo de tomar grandes decisiones. Espera un poco. Cuando estés fuerte y hayas tomado cierta distancia, habrá llegado la hora de decidir.

Una tercera regla sería “CONFÍA EN TU CORAZÓN, PERO USA TU CABEZA”. No podemos decidir solo con las vísceras o la pasión. Aunque hay que ponerle corazón a la vida, también tienes que consultarle a la razón qué piensa de aquello. Entre vivir solo a golpe de corazonadas y ser frio como el témpano, hay un término medio en el que anda Dios.

SOPESA, en cuarto lugar, LAS DOS OPCIONES. Imagínatelas en tu cabeza. Según San Ignacio, una te traerá paz, serenidad de conciencia (“Consolación”) y la otra desazón interior y un cierto malestar (“Desolación”). Sin duda, el Jefe apuesta por la primera. Y si todavía no lo ves claro, aún queda un último recurso: imagínate que es otra persona la que tiene tu problema o que tomar la decisión. Piensa qué consejo le darías, y ya tienes la respuesta para ti.

En las pequeñas y grandes decisiones definimos lo que somos. Porque constantemente estamos eligiendo caminos, cómo usar el tiempo y qué palabras decir y callar. Hoy te pido, Señor, que me ayudes a DISCERNIR, porque soy consciente de que, si Tú me guías, tomaré buenas decisiones. Y, aunque sabes que tengo muchas veces pánico a decidirme, contigo de la mano será más fácil acertar.

Ramón Bogas Crespo

Director de la oficina de comunicación del obispado de Almería

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