Jesús habla de Dios con un lenguaje popular. Para ser comprendido por sus oyentes emplea parábolas, o sea, narraciones sencillas sacadas de la vida diaria. A los escribas y fariseos que murmuraban diciendo "este acoge a los pecadores y come con ellos", Jesús les cuenta la parábola conocida como del hijo pródigo, a la que con más propiedad habría que llamar "del amor misericordioso del padre". En el mismo capítulo del evangelio de Lucas, Jesús presenta en otra parábola el amor misericordioso de Dios a través de la narración del relato de la oveja perdida. Jesús, con sus palabras y actitudes, anuncia a un Dios que sale al encuentro de los pecadores y marginados y que nos invita a vivir con un talante radical de confianza y acogida de su amor.

Jesús anuncia en su predicación la llegada del Reino de Dios pero, al mismo tiempo, anuncia que éste es débil y está escondido. El Reino no es un poder que se impone, sino un amor que invita. Es como un grano escondido en la tierra, que nadie percibe, pero que se desarrolla hasta que un día da fruto. Descubrir a este Dios oculto es una experiencia de gran alegría. Es "como un tesoro escondido en un campo que, al encontrarlo un hombre, lo vuelve a enterrar y, por la alegría que le da, va, vende todo lo que tiene y compra el campo aquel".

Jesús nos invita, igualmente, a descubrir el Reino de Dios como un proceso, como una realidad oculta cargada de futuro. El Reino es como un pequeño grano de mostaza; es como un poco de levadura introducida en la masa que, en un primer momento, parece que nada ha cambiado pero, aunque no lo veamos, todo está ya en profunda fermentación y el resultado es seguro. Donde surge el amor, el perdón, la liberación de los pobres, la justicia, la vida, ya se están dando signos del Reino de Dios.

El Dios escondido es también, y de manera privilegiada, el Dios de los pobres. Dios está de parte de los pobres y, por eso, Jesús dice: "cuando hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños a mí me lo hicisteis". El pobre es el lugar del encuentro con Dios en la historia. Si queremos encontrar a Dios es necesario empezar a leer la realidad con los ojos de los pobres, solidarizándonos con ellos, asumiendo sus intereses y sus causas. Sólo desde el reverso de la historia se descubre al Dios de Jesús que dijo: "Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios y prudentes, y se las has revelado a los pequeños".

San Juan escribe que "Dios es amor".  Y a Dios, que es Amor, se llega amando: "todo el que ama es nacido de Dios y a Dios conoce. El que no ama no conoce a Dios porque Dios es amor".

A ese Dios-Amor Jesús se dirige a Dios llamándole "Abba". Este término era una expresión infantil empleada generalmente por los niños para dirigirse a sus padres. Jesús, por tanto, se dirige a Yahvé con la misma confianza y familiaridad con que un niño judío se dirigía a su padre. Ningún judío se hubiera atrevido a llamar así a Yahvé.

Jesús nos revela que el Dios Padre que se acerca en su reino es el amor personal y libre, la bondad infinita, el perdón sin límites y la misericordia. Y es, al mismo tiempo, el que exige conversión inmediata y total, autenticidad y honestidad, abandono de todos los ídolos. Quiere ser Padre de todos pero proclama claramente sus preferencias en favor de los perdidos, de los sencillos, de los despreciados como pecadores, de los pobres.  

Manuel Pozo Oller,

Vicario Episcopal

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