Acúsome, Padre, de que alguna vez he visto FIRST DATES. Para los “no iniciados”, es un programa de citas a ciegas de una cadena de MEDIASET. Además de entretenido, para un sociólogo como servidor sirve de gran ayuda para analizar gustos y actitudes de la gente de hoy en los temas amorosos. Y una cantinela que se repite cuando le preguntan por su “hombre/mujer ideal” es: “Me gustaría que mi pareja tuviera los mismos gustos que yo para hacer todo juntos”. Pero ¡qué manía! Qué tendrá que ver el amor con que a uno le guste ir a pescar y a la otra correr maratones. Mucho me temo que lo que se esconde detrás de esa afirmación es un concepto de amor invasivo.

Ya lo decía Woody Allen en Misterioso asesinato en Manhattan: “Cuando escucho a Wagner durante más de media hora, me entran ganas de invadir Polonia”. Y es que todos tendemos a confundir amar con invadir (o ser invadidos). Y es cierto que muchos cuando comienzan una relación piensan: “este/esta es así, pero ya lo/la cambiaré yo cuando nos casemos…”. Poco a poco vamos ocupando el espacio de sus amigos, su familia o sus hobbies, hasta que al final hemos conseguido hacerlo “igual” a nosotros. Lo mismo se puede afirmar de los padres a sus hijos: tanto amor (mal entendido) puede anular la propia autonomía y personalidad del hijo amado. Como dice mi amiga Cristina: “Hay personas que caminan a tu lado y otros encima”.

Querer a alguien es mezclarse, pero no confundirse. Es posible forjar bellos vínculos de amor y amistad sin tener que obligar a que el otro tenga que hacer deporte cuando no le apetece o ir al cine en la hora del partido. Si coincidimos en gustos mejor que mejor, pero lo esencial es compartir lo importante. Pero, amigos, ser NOSOTROS no implica ser iguales. El amor es la cima de los sentimientos humanos. Un regalo del Dios que habita en ti. Tienes que cuidarlo y disfrutarlo, pero, por favor, nunca fuerces a que la persona amada sea un clon. Con uno como tú, tenemos bastante.

El Dogma de la Trinidad que celebrábamos el pasado domingo es un icono de la manera de amar de Dios. Ahí llevan toda la vida siendo tres, queriéndose infinitamente sin invadir el terreno del otro. Así, geniales y distintos. Toda una invitación a que amemos a los nuestros como ellos se aman.

El reto que os propongo hoy es que seamos capaces de abrazar sin invadir, de amar sin anular. Y así, ser imagen del Dios del encuentro sin invasiones. Que aprenda, Señor, a asombrarme de la diversidad del otro, respetando su diferencia y aceptando que es mejor cuando es distinto a mí. Porque, como dice el refranero popular, en la variedad está el gusto.

Ramón Bogas Crespo

Director de la oficina de comunicación del obispado de Almería

Pin It

BANNER02

728x90