La Iglesia tiene presente a los enfermos de modo habitual y diario en la oración de los fieles de la santa Misa y prácticamente en todos los momentos de oración a lo largo del día. La Iglesia española, de modo extraordinario, recuerda a los enfermos en la fiesta de Nuestra Señora de Lourdes (11 de febrero) y en la Pascua del Enfermo en este VI Domingo del tiempo pascual (5 de mayo). La Pascua del Enfermo que hoy celebramos nos acerca al dolor de los enfermos y a sus familias así como a los profesionales de la salud y es un buen momento para destacar la importancia de quienes se ocupan de los enfermos en la comunidad cristiana, el equipo parroquial que anima y coordina, los ministros extraordinarios de la comunión y tantos otros que viven la obra de misericordia de visitar a los enfermos.

Quedé impresionado por la reciente lectura de un pequeño libro del sacerdote Pablo d´Ors, capellán del madrileño Hospital de la Paz y eminente y acreditado escritor nieto del gran Eugenio d´Ors, que lleva por título “Sendino se muere” donde narra la historia de la doctora Sendino, médico internista del mismo hospital.  El autor recrea cómo vivió la doctora Sendino sus últimas semanas en un “lento apagarse” como consecuencia de un cáncer que, como escribe el autor, “misteriosamente nos fue alumbrando a todos los que la tuvimos cerca”.

El testimonio de la doctora Sendino, “lo que ella era y vivía”, nos interpela, en primer lugar, sobre cómo la enfermedad y la pérdida que representa puede ser vivida como “fuente de ayuda a los demás”. “Gracias a esta enfermedad que sufro, dejó escrito Sendino desde su doble experiencia de médico y enferma, he comprendido que compartir el dolor no significa simplemente asumir el dolor ajeno, sino también repartir el propio. Yo tengo sufrimiento, de acuerdo. Puedo repartirlo o guardarlo para mí. He decidido entregarlo. Y al decidirlo he comprendido que es así como se alivia y que para eso, para entregarlo,  existe”. Y es que, como narra d’Ors, “vivía su enfermedad como un ministerio: sabía que no podía estar enferma para sí misma, que su cáncer debía redundar en beneficio de quienes estábamos a su alrededor”.

En segundo término, el testimonio de la doctora Sendino es una emocionante mirada a la vocación profesional de los médicos, vivida por ella con particular conciencia e intensidad hasta que la alcanzó la muerte. “La Medicina, expresó en su diario, es una actividad apasionante desde el punto de vista intelectual, relacional y cristiano. Difícilmente se encontrará otra actividad humana con tantas posibilidades de encuentro y a tal nivel de intimidad. No creo que haya muchas profesiones por medio de las que pueda transmitirse, y de forma tan directa y elocuente, el consuelo de Dios. No puedo concebir mi fe sin el ejercicio de esta profesión. Profesar la fe se ha identificado para mí con ser una buena profesional. Yo vine al mundo a sanar y me voy de él dando a otros la oportunidad de que me sanen”.

Estar enferma ayudó además a Sendino a “repasar su propio quehacer médico: en cada profesional que la atendió, vio un espejo de sí misma. Repasó qué había hecho bien y qué mal a lo largo de su trayectoria. Hasta el último día quiso mejorar y aprender. Tenía la virtud humana por excelencia: el deseo de crecer. Me impresionaba mucho que quisiera seguir creciendo en medio de tanta pérdida”. Ella sabía que “estaba viendo la medicina desde el lado del enfermo, lo que juzgó que le ayudaría a ser mejor profesional”. “Buscaba ser médico hasta el final. Buscaba ser fiel a su vocación”.

El libro “Sendino se muere” es un testimonio de fe en Dios que no puede dejar indiferente al lector. “Lo religioso no era en ella un exabrupto más o menos impertinente, como sucede con los creyentes inmaduros; lo religioso no era en ella una ideología. Todo lo contrario: lo religioso era en Sendino la conciencia misma, pero elevada a su más sencilla y bella expresión”. Sendino oraba con regularidad antes de saberse enferma, pero “la oración que vino tras la noticia, como ella misma lo confiesa en sus notas,  fue radicalmente distinta”. “Estaba haciendo la experiencia de la vulnerabilidad, sin la que no cabe la experiencia general del cristiano”. “Quiero gastarme y desgastarme en cumplir Su voluntad”, decía.

El libro es un buen regalo para alimentar nuestro espíritu en esta Pascua del Enfermo que celebramos bajo el lema “Anda y haz tú lo mismo” (Lc 10, 37),  palabras de Jesús en respuesta al doctor de la ley que quiso ponerle a prueba preguntándole sobre la vida eterna recibiendo como respuesta el relato recogido en la bella y conocida parábola del buen samaritano.

Escriben nuestros obispos en el documento que comenta la Pascua del Enfermo que las palabras de Jesús al entendido en leyes son “una invitación al encuentro compasivo con el enfermo con la característica de una eficaz proximidad en comportamientos de tocar, ver, acercarse, dejarse afectar, comprometer la propia energía liberadora ante el sufrimiento. En la parábola del buen samaritano, siguen diciendo, descubrimos al personaje del herido que se deja curar y cuidar por un extraño. La Pascua del Enfermo puede ser una provocación del Señor para preguntarnos a todos por nuestras propias vulnerabilidades y nuestra disposición a dejarnos querer, cuidar y ayudar, porque todos somos a la vez heridos y agentes de pastoral, sanadores heridos, en el fondo”.

Manuel Pozo Oller,

Vicario Episcopal

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