Seguramente, nos hemos asombrado (o indignado) con la típica escena de la parejita en el restaurante mirando cada uno su móvil ávidamente. Aunque, quien esté libre de este “pecado digital”, que tire la primera piedra. Algo nos pasa. Estamos en una reunión de amigos, en familia o en la cena de San Valentín y tenemos la mirada fija en nuestros dispositivos móviles. El drama no es estar en dos sitios a la vez, sino que probamente no estamos en ninguno.

Aun así, no echemos la culpa de todos los males a las tecnologías. Aunque de distinta manera, esto que os cuento siempre pasó. No hizo falta que llegaran los móviles para que nuestro cuerpo y nuestra mente estuvieran en dos lugares bien distintos. Cuántas veces hemos estado en la comida familiar y con la cabeza en otro sitio; en Misa y pensando qué vamos a hacer de comer; escuchando el “problemón” de la vecina y pensando en las musarañas. Y es que, amigos, una cosa es ESTAR y otra muy distinta ESTAR PRESENTE. Aunque parezca una paradoja, hay presencias ausentes y ausencias presentes.

De las presencias ausentes somos especialistas. No requieren muchas más explicaciones. Son todas esas ocasiones en las que no aprovechamos el momento porque nuestra cabeza está en otro sitio. Una mala praxis que se ve agravada en nuestro tiempo con la “multilocación digital”. Vemos la tele con el móvil en la mano y hablamos con la persona amada mirando el pronóstico del tiempo.

Las ausencias presentes tienen algo más de misterio. Me refiero a esa sensación en la que, aunque la persona amada no esté, parece que camina contigo en cada momento. Esa madre que murió hace años, pero sigue presente en cada expresión, el recuerdo de los enamorados en cada cosa bonita que ven, el olor del hijo que marchó en todos los rincones de la casa… En estos casos y muchos más se produce una maravillosa paradoja: a más distancia, más cercanía; a mayor ausencia, mayor presencia.

Algo así nos ocurre a los creyentes de todos los tiempos con el Maestro. A pesar de estar “lejos”, lo sentimos cercano y vivamente presente en nuestra vida. Guía nuestros pasos, nos inspira palabras y acciones, y consuela nuestros miedos. En el Corpus, y cada domingo en la misa, celebramos esa “ausencia” que se hace presencia viva en el pan y en el vino.

Hoy, Señor, agradezco el milagro de las lejanías cercanas, de todas esas personas que tengo en la vida y que, a pesar de estar lejos físicamente o descansando ya contigo, presiento su aliento en cada instante de mi vida. Porque no hay tiempo, ni distancias para al amor verdadero. Porque, paradojas de la vida y de la fe, en la distancia se produce el encuentro y en la ausencia, LA PRESENCIA.

Ramón Bogas Crespo

Director de la oficina de comunicación del obispado de Almería

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