Son cincuenta días, por tanto, estamos en Pascua. No sólo ha de notarse en las celebraciones litúrgicas sino en la propia vida. Es verdad que llegamos a la Resurrección de Nuestro Señor desde la experiencia de la Pasión y la Cruz; experiencia de amor entregado hasta el extremo, pero la Pascua es la Victoria de Cristo sobre la Muerte y, como reza la liturgia de la Ascensión, “donde nos ha precedido él que es nuestra Cabeza, esperamos llegar también nosotros como miembros de su Cuerpo”. De modo que Él es nuestra esperanza. Es necesario decirlo y quisiera proclamarlo con toda su fuerza: ¡Cristo Resucitado es la esperanza de la humanidad! Camino, programa, estilo… ¡Cristo! He aquí el mensaje de la Iglesia. Precisamente el Año de la Fe es el regalo del Espíritu Santo, a tenor de las efemérides del Concilio y del Catecismo, para el encuentro con el Señor que renueva el corazón y la vida.

La invitación que los cristianos recibimos en la Pascua, tiempo de renovar el Bautismo, es a que aspiremos a los bienes de arriba donde está Cristo, y que celebremos la Pascua con los panes ázimos de la sinceridad y de la verdad. Si la Pascua hemos de vivirla en la vida, el gozo de la Pascua, no perdamos esta proyección: los bienes de arriba, para no andar despistados. Ni perder las actitudes de la sinceridad y la verdad, para que Cristo en todo momento sea el centro. Proyección y actitudes de la libertad del cristiano, hijo amado de Dios por el Bautismo, y a la vez, luz para el mundo, en cuanto sentido y orientación. Conocemos las circunstancias del presente que no pueden maquillarse, y la verdadera esperanza cristiana, ni la vida moral en cuanto vida en Cristo, trata de maquillarlas. Se trata de algo diferente: tomar iniciativas –incluso cambios de actitudes o de mentalidad- desde la fe que profesamos, por tanto, desde el Evangelio. Sería oportuno que retomáramos el capítulo 15 del Evangelio según San Juan, la alegoría de la vid y los sarmientos, y llegar a la afirmación de Nuestro Señor: “sin mí no podéis hacer nada”. Después de haber llegado a esa afirmación, hacer un repaso sereno y honesto de la historia, de la situación presente y de la vida personal de cada uno. Es mejor que hiciéramos el repaso invocando al Espíritu Santo que nos dé luz, para mirar hacia atrás y para proyectarse con esperanza de futuro. No habremos de olvidar que la experiencia del misterio pascual es experiencia de nuestra vida: dejar atrás y morir… resucitar a la vida nueva. Buena falta tenemos que el Señor suscite una oleada de santidad en los que ha regenerado en el Bautismo que echemos fuera otras corrientes…

El Papa Francisco invita constantemente a lo esencial, en sus gestos y en su magisterio. Es el Papa que el Señor nos ha regalado para este momento. El otro día me obsequiaron una estampa suya y por detrás un escrito cuyo título es: “Rezar con los 5 dedos. La oración que enseñó Francisco el Papa”. Transcribo lo de los 5 dedos:

El pulgar es el dedo más cercano a ti. Así que empieza orando por quienes están más cerca de ti. Son las personas más fáciles de recordar. Orar por nuestros seres queridos es “una dulce obligación”.

El siguiente dedo es el índice. Ora por quienes enseñan, instruyen y sanan. Esto incluye a los maestros, profesores, médicos y sacerdotes. Ellos necesitan apoyo y sabiduría para indicar la dirección correcta a los demás: Tenlos presentes en tus oraciones.

El siguiente dedo es el más alto. Nos recuerda a nuestros líderes. Ora por el presidente, los congresistas, los empresarios y los gerentes. Estas personas dirigen los destinos de nuestra patria y guían a la opinión pública. Necesitan la guía de Dios.

El cuarto dedo es el dedo anular. Aunque a muchos les sorprenda, es nuestro dedo más débil, como te lo puede decir cualquier profesor de piano. Debe recordarnos orar por los más débiles, con muchos problemas o postrados por las enfermedades. Necesitan tus oraciones de día y de noche. Nunca será demasiado que ores por ellos. También debe invitarnos a orar por los matrimonios.

Y por último está el dedo meñique. El más pequeño de todos los dedos, que es como debemos vernos ante Dios y los demás. Como dice la Biblia “los últimos serán los primeros”. Tu meñique debe recordarte orar por ti. Cuando ya hayas orado por los otros cuatro grupos verás tus propias necesidades en la perspectiva correcta, y podrás orar mejor por las tuyas.

Es una muy sencilla pero hermosa enseñanza para renovar nuestra esperanza y Cristo y cimentar en el que nos amó hasta el extremo y resucitó la esperanza de nuestra vida que está unida a la de nuestros hermanos.

Antonio de Mata Cañizares

Vicario Episcopal

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