Oí en la radio la presentación de un nuevo libro del periodista y escritor Fernando de Haro que lleva por título “Cristianos y leones”. Me impactó tanto escuchar la explicación de su contenido que esa misma tarde lo tenía ya entre mis manos. Comencé su lectura esa misma noche con auténtica avidez. Mi interés creció grandemente cuando descubrí en sus primeras páginas que el autor sitúa su decisión de escribir el libro durante los primeros días del año 2011 cuando disfrutaba de unos días de descanso en nuestra Almería en “un pueblo precioso que en un tiempo fue minero”. Cuenta que, aunque ya había tratado el tema otras veces en artículos publicados en diversos periódicos, tomó la decisión de escribir el mencionado libro cuando en aquellos días de descanso fue a tomar café en el único bar que había abierto en el pueblo y allí vio como la televisión emitía las imágenes de una masacre en la ciudad egipcia de Alejandría donde murieron asesinados veintiún cristianos coptos mientras celebraban la entrada del año nuevo.

Una afirmación recorre todo el libro: la constatación de que actualmente los cristianos son el grupo religioso que sufre la mayor persecución en el mundo. Las documentadas páginas hacen un estremecedor repaso a la persecución de los cristianos en el mundo cifrando en un mínimo de cien mil cristianos asesinados al año. Naciones como Pakistán, Siria, Iraq, Egipto, Turquía, China, India, Venezuela, Nigeria, y otras tantas, son lamentables ejemplos en la actualidad de falta de libertades y de descarada persecución a los cristianos de tal suerte que los inicios de este siglo sean los más sangrientos en cuanto a persecuciones y muertes de los dos milenios de cristianismo.  

Comparto íntegramente con el autor las características actuales de la persecución y sus consecuencias. La primera es que la persecución hoy tiene dimensiones enormes a pesar de las declaraciones de libertad y de los diversos organismos que trabajan en favor del respeto de las personas y sus libertades. Es un dato irrefutable que la persecución religiosa en la actualidad es una de las mayores tragedias de este comienzo del siglo XXI, una tragedia que cuestiona el mundo que estamos construyendo.

La segunda es que los cristianos están en el centro de la historia. Hay persecución allí donde se decide algo esencial, donde está en juego el futuro de Asia, la configuración de Oriente Próximo o la evolución de África y América Latina. No porque en esos puntos los cristianos tengan poder, sino porque su vida es incómoda para quien realmente lo tiene. La libertad de los cristianos es esencial, no sólo para los cristianos. En realidad, es una especie de termómetro que mide si un régimen económico o un régimen político, un modelo de convivencia, se están construyendo en contra o a favor de las personas.

La tercera es la sorprendente belleza de la vida de esta gente. Las páginas del libro que recomendamos están plagadas de relatos de hombres y mujeres que sufren atentados, que tienen que dejar sus casas, que saben que van a morir. Son fieles, son pacíficos. Son, en muchos casos, pobres de solemnidad, pero son grandes. Es asombroso que en muy pocos casos hayan respondido con violencia. Leyendo los relatos el lector se siente conmovido y acompañado por personas muy normales que han convertido lo heroico en cotidiano.

Vuelvo a Egipto y a los cristianos coptos perseguidos para recordar con gratitud cuanto aprendí durante el mes que compartí con ellos la fe y la vida en noviembre del año 2000 con motivo de mi participación en la asamblea mundial de la fraternidad sacerdotal “Iesus Cáritas” y, al mismo tiempo, cuántas historias y calamidades pude oír y tocar de la mano de mi buen amigo el obispo copto católico Paul Antaki y los sacerdotes que me acogieron. Recuerdo también con especial cariño el encuentro y las atenciones del papa de los coptos ortodoxos Shenuda III, fallecido recientemente, para con todos los asambleístas. Iglesias perseguidas pero mantenidas ante las adversidades por una gran fe. Como escribe Fernando de Haro en el semanario Alfa y Omega de este jueves pasado, “hay miles de personas que se juegan la vida para rezar el Padrenuestro junto a sus hermanos. No están dispuestos, a pesar de que el precio es caro, a perder la alegría de ser cristianos”. En verdad, como escribe Benedicto XVI en la carta apostólica “Porta fidei” de convocatoria del Año de la Fe, "por la fe, los mártires entregaron su vida como testimonio de la verdad del Evangelio, que los había transformado y hecho capaces de llegar hasta el mayor don del amor, con el perdón de sus perseguidores" (n.13).

 

Manuel Pozo Oller,

Vicario Episcopal

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