Llegó el verano y con él, la oportunidad de viajar. Destinos exóticos o visita al pueblo de tus padres. Días en la casa de la playa o crucero con los amigos de siempre. Sea como fuere, todo viaje (también el de la vida) requiere unas “actitudes” para disfrutarlo. Siempre me hizo gracia el clásico “viajero gruñón”, que cuando regresa de sus vacaciones, solo cuenta lo caro que era el chiringuito, el calor que hacía o el retraso del avión. A veces, me pregunto si estuvo en el mismo sitio que a mí me maravilló. Hoy os propongo, amigos, una pequeña guía para gozar de esa salida veraniega, y “de camino”, para este apasionante viaje que es vivir en comunidad.

Viajar no es hacer fotos, sino VIVIR EXPERIENCIAS. Los recuerdos que deben quedar de tu viaje no son las miles de fotos que hiciste (y no volverás a ver hasta que las borres para liberar memoria del teléfono), sino las caras de la gente con la que viajaste o te encontraste. Lo que has aprendido de ellos, los momentos compartidos, y como todo ello te ayudó a cambiar en algo. Y ese conocimiento no lo encontrarás en ninguna guía, ni en ninguna lista de “imprescindibles” de Tripadvisor. Eso es patrimonio exclusivo de cada viajero.

Cuando uno sale al mundo, aunque sea al más cercano, debe salir con HUMILDAD para aprender del lugar al que llegas y poder conectar con la gente. La soberbia, si la hay, es mejor dejarla en casa. Si te la llevas, te amargará el camino. Si eres de los que crees que tu morcilla es la mejor del mundo, o que nada hay más grande que la plaza de tu pueblo, es mejor que te quedes en casa a disfrutarlo (modo ironía ON).

El viaje conjugado en cristiano implica aceptar el valor de AUSTERIDAD. Se necesita poco para disfrutar mucho. Comprar más cosas o gastarte más no se va a traducir necesariamente en más felicidad. “Cuando perdiz, perdiz. Cuando penitencia, penitencia”, decía Santa Teresa. Es decir, que si un día te das un capricho, disfrútalo. Pero si al día siguiente hay que tomar un bocata de sardinillas de lata, relámete los labios

Viajar implica aprender a CONVIVIR con otras personas a las que no conoces, o recolocar tu modo de estar con la gente de siempre. Amoldarse el uno al otro, saber ceder y saber pedir, confiar y no traicionar la confianza. A veces, la mejor forma de conocer de verdad del otro es midiendo sus reacciones en los viajes. Son esos pequeños detalles lo que delatan el egoísmo o la generosidad.

Y sobre todo PACIENCIA. Porque los tiempos se suceden como tocan, no como tú quieres o necesitas. Mucho menos como esperas. Olvídate de la prisa, no es buena consejera. Párate, mira y escucha. Si surge algún problema, la paciencia será la clave para encontrar las herramientas que ayuden a solucionarlo. Habrá lugares donde los autobuses no salgan en hora. Tendrás que esperar a qué cocinen ese plato que has pedido, o decidir, con toda la serenidad, por dónde seguir cuando sientas que te has perdido y no tengas ni idea de cómo hay que colocar el mapa para recuperar el itinerario correcto.

El último consejo: SÉ AGRADECIDO. Al que charla contigo. Al que te saluda en el camino. Al que comparte tu tiempo. A la tierra que te acoge. A Dios que te ha regalado tanto y a tantos. Señor, un día dijiste a Abraham: “Sal de tu tierra”. Y el pueblo de Israel descubrió, en esa travesía, el sentido de su existencia. Espero que también tú y yo sepamos reconocerte en el viaje que nos aguarda. ¡BUEN VIAJE Y FELIZ VERANO!

Ramón Bogas Crespo

Director de la Oficina de comunicación del obispado de Almería

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