Los grandes maestros de espiritualidad nos han enseñado que la oración se realiza mucho mejor a un nivel afectivo que intelectual. El deseo de orar brota espontáneamente en la persona que ama a Dios como nace de forma automática la necesidad lógica de encontrarnos con la persona a quien amamos, de estar con ella y gozar de su compañía, de expresarle nuestros sentimientos y compartir su intimidad. El amor, por otra parte, nos lleva a querer saber del amado, a desear conocerlo mejor y a buscar el conocimiento profundo y auténtico que surge de la relación personal. Para comenzar la oración nos aconseja san Ignacio de Loyola, maestro de maestros en la guía espiritual, comenzar pidiendo a Dios que nos conceda “conocimiento interno de Jesucristo para más amarle y seguirle”.

En verdad muchos cristianos hacen buenos propósitos respecto a la oración asidua y tienen un deseo sincero de unirse a Dios en ella pero encuentran una verdadera dificultad a la hora de cumplir sus promesas. En ocasiones, la desgana, el no encontrar un hueco, la falta de concentración, y otras distracciones impiden que la oración se realice adecuadamente. En este sentido las aportaciones de la psicología nos ayudan enormemente, tanto a mejorar la calidad de la oración como a garantizar y asegurar su realización.

Dando por supuesta la fe, don de Dios y también tarea nuestra a la hora de pedirla y cuidarla, me permito ofrecer tres consejos sencillos y útiles que nos pueden facilitar el encuentro con el Señor. En primer lugar es necesario crear en la persona el hábito de oración. Para ello será necesario reservar un tiempo fijo, en un lugar determinado, donde cada día acudamos a nuestra cita con el Señor. Mientras no exista un hábito no estará garantizada la oración suave que va calando y transformando nuestra vida según los criterios de Dios.

En segundo lugar hemos de cuidar que el lugar elegido para la oración predisponga y favorezca el encuentro con Dios. Será importante cuidar el sitio donde hacemos oración procurando que no se encuentre en él ningún elemento que distraiga la atención, más bien intentemos que existan otros que evoquen y faciliten la experiencia religiosa. No es lugar adecuado, por ejemplo, una habitación llena de imágenes de famosos y repleta de láminas de distinto signos. Por el contrario ayuda una vela encendida, una luz tenue, alguna imagen sagrada, y, por supuesto, gran parte de la ambientación mínima necesaria para crear un ambiente de oración está conseguida si hacemos la oración en una iglesia silenciosa delante del sagrario o ante el Santísimo expuesto.

En tercer lugar es recomendable, en ocasiones, realizar alguna técnica de relajación y concentración antes de empezar la oración. Nos ayudará, sobre todo si nos encontramos demasiado dispersos interiormente, acompasar la respiración sintiendo entrar y salir el aire de nuestro cuerpo al tiempo que vamos pronunciando rítmicamente algunas palabras o jaculatorias tales como la repetición cadenciosa del nombre de Jesús o distintas exclamaciones que disipen las preocupaciones y faciliten el silencio y la escucha. A algunos incluso le ayuda ir repasando, parte a parte, el cuerpo para ir percibiendo la tensión existente en orden a procurar una relajación progresiva en todo el cuerpo. A esta tarea hemos de unir el silenciamiento de todos los ruidos y preocupaciones interiores dominando la imaginación, “la loca de la casa”.

Después de este breve comentario que nos puede ayudar a dedicar un tiempo para Dios en la oración hemos de decir que a bailar no se aprende con un libro y, en consecuencia, a orar se aprende orando y gustando la intimidad con Dios hablando con Él como un amigo habla con su amigo.

Manuel Pozo Oller,

Vicario Episcopal

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