Estoy para escribir este artículo y recibo un mensaje que hace referencia al hecho de estar cada uno en su sitio para que todo pueda salir bien. Es actitud básica y fundamental. Entre los grandes interrogantes del hombre se encuentran ¿Quién soy yo? Y ¿qué tengo que hacer? Es muy importante saber quién soy para ver qué es lo que tengo que hacer.

La Cuaresma precisamente nos ayuda a esto, a situarnos cada uno como creyentes, fieles a Jesucristo en medio del desierto de la vida, haciendo una revisión profunda y procurando la reforma de vida –en expresión de San Ignacio de Loyola- dejándonos llevar por el Espíritu Santo que guió a Jesús por el desierto y descubrir, de esta manera, que la cruz es el camino de la resurrección. Precisamente en momentos de incertidumbre se hace aún más necesario aclarar la identidad y vivir lo que somos: somos hijos de Dios por el Bautismo y como tales hemos de vivir (gozo y paz interior que nadie nos puede quitar) y comportarnos (testimonio de caridad por la fe que profesamos). Somos también miembros del Cuerpo místico de Cristo que es la Iglesia, la sentimos como Madre, y en ella encontramos, por voluntad de Cristo, la plenitud de medios para vivir en gracia, esto es, en santidad. La Iglesia es nuestro lugar de testimonio: en medio del mundo, los asuntos temporales –lo propio de los laicos-, interpretados desde Cristo. ¿No será el mejor testimonio de un cristiano a la sociedad dejar que el buen olor de Cristo impregne todos los órdenes de la vida? Lejos de mí hablar de imposiciones ni siquiera de un tipo o forma de entender el mundo y situarse ante la realidad. Queda la libertad pode delante, siempre. Me refiero a que desde el Evangelio y la doctrina de la Iglesia en su conjunto el cristiano tiene que aportar porque el Evangelio es Buena Noticia de Salvación que aporta valores y sentido y orientación para la vida del hombre. Y la moral de la Iglesia, personal, y social, económica o política ayuda al discípulo de Cristo a vivir su fe y ser levadura; impregnar el mundo de sal y de luz. Son referencia permanente las palabras del Señor en el Sermón de la Montaña (Mt 5-7), que comienza con las Bienaventuranzas.

La pregunta de Cristo a sus discípulos sería el examen de conciencia y plan de vida que, en esta Cuaresma y con miras a la Pascua del Señor y en la esperanza de nuestra pascua, pone nuestra vida al descubierto: ¿Y vosotros quién decís que soy yo? Ya sabemos lo que se dice fuera… y lo que importan las opiniones…, la pregunta busca respuesta desde la conciencia –definida por el Concilio Vaticano II como sagrario del hombre- en el curso de la vida. El Señor que nos ha elegido para que seamos suyos –esta dimensión de consagración del Bautismo no puede pasar por alto- nos ha destinado para que demos fruto y en abundancia. ¡Todos queremos que nuestra vida sea fecunda, tenga sentido y al final podamos cosechar en la medida de los talentos que hemos recibido. Sírvanos el ejemplo de San Pablo cuando al final de su vida reconoce que ha mantenido bien su combate y ha mantenido la fe, y sólo espera en el Señor. Toda esta reflexión la traemos motivados por el tiempo de Cuaresma que nos ayuda a descubrir nuestra grandeza y nuestra limitación, y a amar nuestra vida, espacio para la constante conversión para que transcurra centrada en Cristo y no demos palos de ciego como quien no tiene razones para esperar y para amar; razones para no vivir de prestado sino con toda plenitud. Ya sabemos que hay dificultades pero ¿no nos regalará el Señor este tiempo para que seamos fuertes en medio de nuestra debilidad? La tentación siempre y para todos es al contrario pero ¿no nos tendremos que afirmar en la victoria de Cristo antes que estériles lamentos o en mediocridades? ¿No será mejor tratar de vencer el mal a fuerza de bien? Incluso la espera de un nuevo Papa nos conduce a la misma postura: primero el ejemplo de Benedicto XVI por la humildad y la sinceridad de quien actúa en conciencia, basta para decir un hombre de Dios y por eso en su sitio. Segundo para rezar, sin miedo ni complejos, el Espíritu Santo va guiando a la Iglesia y nos concederá el Papa según la mente y el corazón de Dios y nos hará fuertes para en la Iglesia servir al Reino de Dios y vivir hoy como espera el Señor de nosotros. Invoquemos con humildad que nuestro Señor sabe hacer las cosas. Yo no lo dudo.

Concluyo con una alusión al Mensaje de Papa para la Cuaresma: “En definitiva, todo parte del amor y tiende al amor. Conocemos el amor gratuito de Dios mediante el anuncio del Evangelio. Si lo acogemos con fe, recibimos el primer contacto –indispensable- con lo divino, capaz de hacernos ‘enamorar del Amor’, para después vivir y crecer en este Amor y comunicarlo con alegría a los demás”.

Antonio de Mata Cañizares

Vicario Episcopal

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