En una sociedad plural y abierta como la nuestra es normal que baje el número de los bautizados en la infancia al tiempo que aumente el número de catecúmenos que solicitan el bautismo después de un periodo de iniciación cristiana. Las causas que han llevado a esta situación son de diversa índole que juzgamos no es momento para analizar aquí y ahora. La realidad es que nuestro Obispo bautiza cada año a un buen grupo de adultos dentro de una tendencia a seguir creciendo.

Por otra parte es frecuente en familias de tradición cristiana preguntarse sobre la conveniencia o no de bautizar a los niños en sus primeros días o meses de vida o bien dejarlos para que decidan ellos en su mayoría de edad. A veces el planteamiento de estas preguntas provoca no pocos sufrimientos en familias cristianas convencidos y de práctica religiosa. Hemos de reconocer que en muchos casos estas preguntas se hacen en un clima de honestidad y de búsqueda sincera aunque sea condicionada por el pensamiento postmoderno en el que estamos insertos que evita los compromisos estables y de cierta seriedad.

Los padres que se plantean las cuestiones que hemos señalado más arriba, mirado el asunto desde un lado positivo, muestran una preocupación por el compromiso que se adquiere en la petición del bautismo para sus hijos y propicia un momento de crisis beneficiosa en cuanto purifica las intenciones e intenta aclarar el sentido de la recepción del bautismo. Si echamos mano de la sociología encontramos que una gran mayoría de los padres actuales no son practicantes por lo que hemos de felicitarnos porque al menos se planteen con seriedad el bautismo de sus hijos y no se dejen llevar sin más de la tradición y la costumbre en cuando ellos son los encargados y responsables de su educación cristiana y de la trasmisión de la fe. Es evidente que el niño se bautiza en la fe de la Iglesia y en la fe de sus padres que han de ser los primeros educadores. Bien sabido es que aunque muchos educadores intervengan en la educación a los largo de su niñez y juventud siempre actuarán de manera subsidiada colaborando con los padres.

De ahí que la ceremonia del bautismo comience tomando el pulso a la disponibilidad de los padres en la educación cristiana cuando el sacerdote se dirige a ellos y les pregunta si están dispuestos a asumir libremente la educación cristiana de su hijo. Asunto diverso será el tenor de la contestación según el grado de convencimiento. En verdad es que en el desarrollo de la ceremonia se pone énfasis en indicar las responsabilidad de los padres, por citar otro ejemplo, cuando se les entrega una vela encendida en el cirio pascual y se les dice: “A vosotros padres y padrinos se os encomienda acrecentar esta luz para que vuestro hijo iluminado por Cristo camine siempre como hijo de la luz”. Si no hay voluntad de cuidar y acrecentar la luz se debilita el sacramento de tal suerte que la gracia de Dios corre serio peligro de desperdiciarse.

Acoger la vida y trasmitir la fe es una tarea hermosísima de la familia cristiana. Hoy, por razones diversas, es un gran problema la confesión pública de la fe. Advertía algún teólogo que se hace preciso pasar de una fe, a la que calificaba de vergonzante, a una fe confesante. Por desgracia no es raro que muchos bautizados se avergüencen de su fe y pasen desapercibidos como cristianos en los espacios públicos. La señal de la cruz en la frente del niño realizada por el sacerdote o diácono y los padres al comienzo de la ceremonia de la administración del sacramento del bautismo nos recuerda que el cristiano tiene que ir siempre con la frente bien alta sintiéndose amado y querido por el Señor y, por tanto, sin complejos a la hora de manifestarse como cristiano y ofrecer el camino de la fe a cuantos trata en sus relaciones diarias. El santo crisma, aceite perfumado y bendecido por el Obispo en la Misa Crismal, nos recuerda que en todo momento y en cada una de nuestras acciones, quien nos vea y trate, debe descubrir “el buen olor de Cristo”.

Ser cristiano es una gracia, un regalo de Dios. Así lo expresamos en el Catecismo cuando nos preguntan, ¿eres cristiano? Y contestamos: sí, por la gracia de Dios. Y a la pregunta, ¿qué significa ser cristiano?, respondemos, ser discípulos de Cristo.  Un discípulo aprende y practica las enseñanzas de su maestro. El bautismo, que nos hace hijos de Dios y miembros de la Iglesia, nos introduce en un estilo nuevo de vida de la mano de nuestro Maestro que es Jesucristo, el Hijo de Dios.

Manuel Pozo Oller,

Vicario Episcopal

Pin It

BANNER02

728x90