“Es más fácil desintegrar un átomo que un prejuicio”

Albert Eisntein

¡Qué coraje me da! No salgo bien en ninguna foto. Miro y remiro fotos del verano, y me cuesta entresacar alguna en la que me vea favorecido. Quiero pensar (así me lo hacen ver los amigos que me quieren) que no soy tan feo, bajito y gordo como salgo en las fotos y, ni que decir tiene, en las selfies. Creo que todos sabemos que una mala foto no sirve para valorar la belleza de una persona, al igual que una muy buena puede llevarnos a sobrevalorarla (No hay nada más que ver los perfiles en redes sociales de algunos amigos y amigas que conocemos).

Lo mismo sucede con las personas en general. Hay días que tenemos buen tono y otros que damos a los demás nuestra peor versión. Una mala respuesta, un gesto feo, una racha difícil… no deberían servir para juzgar a una persona. Y, sin embargo, lo hacemos con frecuencia.

Lamentablemente, una vez forjado el juicio, imposible revertirlo. Ya lo decía Albert Eisntein: “Es más fácil desintegrar un átomo que un prejuicio”. Creo que, si miramos atrás, todos tenemos una historia de dolorosas pérdidas por un juicio apresurado de un mal momento. Igual que no nos gusta que nos juzguen por una “mala foto”, tampoco deberíamos hacerlo con los demás.

Una de las historias más hermosas del Antiguo Testamento es la elección de Samuel. De entre otros candidatos mejor “posicionados” (que diríamos en el lenguaje de hoy), Dios elige a Samuel, y ante su sorpresa, le dice: “No te fijes en las apariencias. Porque Dios no ve como los hombres, ve el corazón” (1Sam 16,7).

Y a mí (poco fotogénico) me parece que es la mejor de las noticias. Un Dios que no me juzga por un mal día o por una mala racha, sino que conoce todo el “book” de mi vida y se adentra en el corazón de las personas, valorando toda su trayectoria, también cuando dimos lo mejor de nosotros mismos.

Hoy te pido, Señor, paciencia y perspectiva. Esa capacidad tan tuya para valorar el conjunto, para no quedarte con una mala instantánea. Que sepas regalarme ese don de valorar al cercano y al lejano con tu misma mirada consciente de que, detrás de esa apariencia, hay una persona que ama, confía y merece otra oportunidad. Porque, al fin y al cabo, nuestro peor perfil, a lo mejor es solo el resultado de un mal fotógrafo.

Ramón Bogas Crespo

Director de la oficina de comunicación del obispado de Almería

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