El filósofo lituano nacionalizado francés Emmanuel Lévinas escribía que “amar a una persona es decirle tú jamás morirás”. En estas líneas quiero reivindicar el amor eterno a pesar de que ciertas filosofías de moda se empeñen en poner al amor fecha de caducidad.

San Pablo relata las exigencias del amor en letras que dirige a los cristianos de la ciudad de Corinto. Exigencias que, por otra parte, se manifiestan en las pequeñas grandes cosas para que el don recibido “no pase nunca”. Todo lo contrario de aquellos contemporáneos nuestros que dicen que el amor se gasta con el uso.

Recuerdo varias visitas a cementerios judíos. Son plasmación del amor eterno. Las tumbas se adornan con palmeras, su hoja perenne recuerda la inmortalidad. También llama la atención observar montones de piedras que han sido depositadas por familiares y amigos sobre la losa que sella el enterramiento. Las piedras recuerdan  y significan la fidelidad en el recuerdo eterno que ni siquiera la muerte puede hacer desaparecer. Las flores, alguien nos ilustra, aunque son bellas y perfuman el ambiente son efímeras. Esta forma de concebir las cosas expresan el convencimiento de que en verdad la muerte no es tanto la desaparición física sino el olvido. En verdad se muere cuando ya no hay una persona que pronuncie tu nombre.  

A mi parecer, grave daño se produce a la memoria de nuestros seres queridos cuando eliminamos por obsoletos los ritos que expresan nuestros sentimientos evitando la socialización del dolor y el abrazo y las lágrimas terapéuticas. Las formas de expresión de nuestros sentimientos contribuyen en gran medida a vivir el paso, a adaptarse a la pérdida, a socializar sanamente lo que realmente es un acto social. La sabiduría popular y la tradición secular han ido dando formas distintas a los ritos. Así el toque de las campanas, con su repercusión en la naturaleza y su código de comunicación, el acompañamiento en la casa, la oración y la liturgia que nos hace vivir en fe, son elementos que llenan el vacío que produce la pérdida de nuestros seres queridos. Igualmente se dice cuando mantenemos vivo el recuerdo de nuestros seres queridos y acudimos a los camposantos para adornar sus tumbas con signos de vida que preanuncian la resurrección y rezamos por ellos.

La ciudad secular a menudo está a la greña con las expresiones del sentimiento cercenando aspectos que nos humanizan. Un poeta enamorado describía el sabor agridulce del que sufre por amor con una frase digna para enmarcar: “un corazón que sufre es un corazón que ama”. Con más frecuencia de la recomendada en nuestros días participamos de aquella tradición estoica, seguida entre otros por el gran Cicerón, que concibe los sentimientos y las emociones como desórdenes del alma, y a las personas por ellos afectadas, como poco prudentes y sabias.

Jesucristo en esto de expresar sentimientos como en tantas cosas es ejemplo y modelo. Él mismo manifestó claramente sus sentimientos de tristeza sin ocultamiento. La espantosa noche de terror ante los acontecimientos que veía claro se le avecinaban llegando a expresar “me muero de tristeza”, es uno de los más valiosos relatos que tenemos sobre Jesús, porque nos lo revela en toda su humanidad. Ese miedo y esa angustia, tan difíciles de soportar, forman parte de la condición humana. Es hermosa por tierna la imagen de Jesús al enterarse de la muerte de su amigo Lázaro vertiendo lágrimas desde la herida de un corazón herido por las pérdida del amigo (Jn 11,35).

Cierto es que no podemos mantener la intensidad del dolor de manera continuada y por ello se hace necesario fijar tiempos en los que acudir a nuestros recuerdos y revivir nuestros amores. La solemnidad de Todos los Santos y la conmemoración de todos los Fieles Difuntos son días del calendario católico para llenar el corazón de nombres y apostar por la vida perdurable. Días para recuperar nuestros ritos que en gran medida, como escribirá el padre de la sociología Émile Durkheim, contribuyen a adaptarse a la pérdida y a avivar nuestra esperanza. En esta tarea ocupa lugar primero la familia.  Séneca considera “el afecto de los familiares como principal fuente de confortación” de ahí que estas fechas sean de convocación y reunión para evocar recuerdos y presencias de las personas amadas.

Orar por los difuntos, celebrar la Eucaristía en su memoria, guardar recogimiento para que el recuerdo aflore con suavidad, llevar flores al camposanto anunciando la resurrección futura, son ciertamente expresiones de fe en el Dios de la Vida y muestra de amor eterno.

Manuel Pozo Oller,

Vicario Episcopal

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