Para todos, el penúltimo domingo de octubre trae una llamada especial. Afirmaríamos que especialmente eclesial, y por eso, humana. Es la celebración de la Jornada Misionera Mundial, Domingo Mundial de la Propagación de la fe (DOMUND). En nuestras comunidades parroquiales se comienza el curso, y se alienta el espíritu misionero que debe caracterizar a cada cristiano y a la comunidad eclesial. Delante de nosotros, el ejemplo de quienes lo han dejado todo para “encarnarse” en otras realidades bien distintas y hacerlo en el Nombre del Señor Jesús. El Nombre del Señor Jesús, que ha de ser conocido y amado por todos, en expresión paulina, ante quien toda rodilla debe doblarse, es el que hace levantarse y salir de su tierra a tantas personas, sacerdotes, religiosos y religiosas, seglares y familias enteras, para cumplir el mandamiento del amor, a Dios y al prójimo, tal como lo afirma y aclara Jesús en el Evangelio del domingo del DOMUND.  

Diremos que cada uno hacemos lo que podemos en nuestras parroquias, es así, y sólo Dios que conoce el corazón de cada uno verdaderamente conoce el esfuerzo y el ardor por evangelizar de cada uno, como las omisiones de cada uno. Agradecimiento a la constancia y fidelidad de los llamados agentes de pastoral que en la vida parroquial y diocesana reman mar adentro cada día sin mirar dificultades. Pero «no podemos quedarnos tranquilos al pensar que, después de dos mil años, aún hay pueblos que no conocen a Cristo y no han escuchado aún su Mensaje de salvación».

Así, el Pontífice en el Mensaje para el DOMUND, al mismo tiempo que reconoce «es cada vez mayor la multitud de aquellos que, aun habiendo recibido el anuncio del Evangelio, lo han olvidado y abandonado, y no se reconocen ya en la Iglesia; y muchos ambientes, también en sociedades tradicionalmente cristianas, son hoy refractarios a abrirse a la palabra de la fe. Está en marcha un cambio cultural, alimentado también por la globalización, por movimientos de pensamiento y por el relativismo imperante, un cambio que lleva a una mentalidad y a un estilo de vida que prescinden del Mensaje evangélico, como si Dios no existiese, y que exaltan la búsqueda del bienestar, de la ganancia fácil, de la carrera y del éxito como objetivo de la vida, incluso a costa de los valores morales». La realidad constatada es que no estamos lejos de la misión; no nos creamos tan seguros de la fe no con tanto conocimiento para ver en otros pobrezas que nos afectan a nosotros por la razón que sea.

El Papa Benedicto XVI lo ha reconocido poniendo en marcha un Dicasterio para la Nueva Evangelización: se hace necesario el anuncio del Evangelio para todos: para los que nunca les llegó el mensaje de salvación y los que lo oyeron… En consecuencia, la Jornada Misionera Mundial nos abre a todos a la misión: a estar convencidos de la fe, avivarla, celebrarla y anunciarla. Habremos de estar muy en comunión con los misioneros y con los hermanos que no conocen la Salvación de Cristo. Es una invitación a ser enviados por Cristo e Iglesia católica.

Quedémonos con el Mensaje del papa para este día: «Al anunciar el Evangelio, la Iglesia se toma en serio la vida humana en sentido pleno. No es aceptable, reafirmaba el siervo de Dios Pablo VI, que en la evangelización se descuiden los temas relacionados con la promoción humana, la justicia, la liberación de toda forma de opresión, obviamente respetando la autonomía de la esfera política. Desinteresarse de los problemas temporales de la humanidad significaría “ignorar la doctrina del Evangelio acerca del amor al prójimo que sufre o padece necesidad” (Evangelii nuntiandi, 31. cf. n. 34); no estaría en sintonía con el comportamiento de Jesús, el cual «recorría todas las ciudades y los pueblos, enseñando en las sinagogas, proclamando la buena nueva del Reino y curando todas las enfermedades y dolencias» (Mt 9, 35).

Así, a través de la participación corresponsable en la misión de la Iglesia, el cristiano se convierte en constructor de la comunión, de la paz, de la solidaridad que Cristo nos ha dado, y colabora en la realización del plan salvífico de Dios para toda la humanidad. Los retos que esta encuentra llaman a los cristianos a caminar junto a los demás, y la misión es parte integrante de este camino con todos. En ella llevamos, aunque en vasijas de barro, nuestra vocación cristiana, el tesoro inestimable del Evangelio, el testimonio vivo de Jesús muerto y resucitado, encontrado y creído en la Iglesia».

Antonio de Mata Cañizares

Vicario Episcopal

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