Emilia, la “Canastera”Los recuerdos de las mañanas de mi niñez en Tíjola (Almería) están llenas de jornaleros en la plaza del pueblo con azada y atillo sentados en el bordillo de la acera esperando ser contratados por los propietarios de las tierras dedicadas en su mayoría al cultivo del parral para uva de mesa. A veces se quedaban esperando, mano sobre mano, el día entero ocupados en interminables charlas donde, incluso las risas y chascarrillos, mostraban la triste decepción de no encontrar el trabajo que les reportaría el necesario salario. La tensa espera se calmaba con continúas visitas a las tabernas cercanas para reponer ánimos mientras nerviosamente liaban cigarrillos con picadura extraída de sus vetustas petacas. Del salario diario dependía “poner la mesa” en casa y, en consecuencia, en algunos casos, comer o pasar hambre.

Por desgracia los jornaleros no eran los más pobres del lugar. Un numeroso grupo de gitanos les adelantaba en necesidades y penurias. Habitaban en el barrio denominado de las Bodeguicas, en cuevas horadadas en las montañas, ofreciendo un espectáculo paisajístico verdaderamente troglodita, haciendo la vida en la calle y dejando solo para la intimidad del hogar el lugar de descanso y la despensa. No había distinción de estancia entre humanos y animales. Una rambla partía en dos el barrio y roturaba una única avenida por donde circulaban bestias, carros y humanos.

En aquellos años difíciles el coadjutor de mi ciudad era D. José Guirao Menchón, un joven y dinámico sacerdote. Él me abrió los ojos para mirar la realidad que me rodeaba. Con él visité muchas veces a las familias gitanas y fui testigo de su exquisita caridad con los más pobres. Entre las muchas iniciativas del recordado sacerdote destaca la instalación de una emisora de radio comarcal. En fechas señaladas se hacían campañas de recogida de alimentos y ropa para compartir con los necesitados. Recuerdo su empeño en que la cabalgata de Reyes Magos recorriera los barrios más pobres y se acercara especialmente al barrio habitado por los gitanos. El testimonio de aquel sacerdote provocaba la imitación en muchos, especialmente, niños y jóvenes. Eran frecuentes las reprimendas familiares a niños por el hurto de ropa y comida para llevarla a los pobres. En nuestras visitas compartíamos con enorme satisfacción la palabra y el pan con los moradores de las cuevas sentados en plena calle y envueltos en humaradas que salían del fuego avivado rítmicamente por paneros de esparto que al tiempo que levantaban innumerables pavesas que caían sobre nosotros taladrando la ropa  nos perfumaban con olor inconfundible.

En una de estas tertulias al aire libre y bajo las estrellas oí hablar por vez primera de la gitanilla Emilia a quien los “payos” le habían apodado “la Canastera” por el oficio humilde y artesano con que se ganaba el pan de cada día. Su nombre era Emilia Fernández Rodríguez, nacida y bautizada en Tíjola el 13 de abril de 1914 y fallecida el 25 de enero de 1939, a los veintitrés años de edad, en la cárcel de “Gachas Colorás” de la ciudad de Almería. Fue detenida, junto a su esposo, por negarse éste último a ir a la guerra y provocarse, no sé con qué artes, una ceguera transitoria. Éste fue encarcelado en la cárcel de “El Ingenio”. Ella, como queda dicho, ingresó en la Prisión de Mujeres de “Gachas Colorás para cumplir una condena de seis años en momentos tan especiales como siempre lo es la espera de un hijo.

En aquella cárcel de mujeres en la que se halla recluida la gitana un grupo de presas rezaban a escondidas el santo rosario cada día. Ésta, curiosa y piadosa, pide a sus compañeras de cárcel que le enseñen a rezar esta hermosa oración. Una de ellas, Dolores del Olmo, hace de catequista enseñándole a rezar. Emilia aunque es analfabeta posee una inteligencia natural espléndida y aprende pronto. Pero por alguna razón los responsables de la prisión se enteran de las reuniones de oración e interrogan a la que creen más débil para que delate las acciones subversivas del grupo. Emilia no abre la boca ni cede ante las presiones sabiendo que habría represalias. Y, en efecto, como castigo fue recluida en una celda aislada y es abandonada a su suerte.

En estas circunstancias, el 13 de enero de 1939, sin atención médica, con grandes hemorragias, sobre un jergón de esparto en el suelo, da a luz a una niña. Entre dos luces Dolores del Olmo bautiza a la niña y le pone por nombre Ángeles. Aquella misma tarde se llevaron a la madre presa de una gran debilidad al Hospital con su hija recién nacida. A los cuatro días la devuelven a la cárcel. El día 25 de enero, a las 9'30 h. de la mañana, Emilia entrega su alma a Dios, víctima de la dejadez y abandono a que la sometieron en el cautiverio a consecuencia de su fe en Dios y su fidelidad a sus compañeras. Fue enterrada en el cementerio de Almería en fosa común.

Emilia, la “Canastera”, vivió pobre y pobre murió. Pero, en momentos tan críticos de su vida como es la privación de libertad en circunstancias de salud precaria, encontró consuelo espiritual y fortaleza en la recitación piadosa del santo rosario que, como escribía el beato Juan Pablo II, “es contemplación del misterio de Cristo con los ojos de la Virgen Madre” y, como bien decía el Papa Pablo VI “es la oración por excelencia de los pobres”.

El mes de octubre, de manera especial, la Iglesia insiste a sus fieles en la importancia de la recitación piadosa del santo Rosario. El ejemplo de la gitanilla Emilia, paisana e hija de esta tierra almeriense, desde su sencillez y pobreza extrema, nos enseña a rezar el santo Rosario como medio privilegiado para pedir y construir la paz tal y como se lee en la carta apostólica “Rosarium Virginis Mariae” del beato Juan Pablo II, “no se puede recitar el Rosario sin sentirse implicados en un compromiso concreto de servir a la paz”. La gitana Emilia es todo un ejemplo.

Manuel Pozo Oller,

Vicario Episcopal.

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