¡Qué traca hemos dado los curas con eso de “servir a los demás!”. También la sociedad lo propone como ideal. Frases tales como: “Pasé toda mi vida cuidando de mi madre enferma” o “Llevo más de 40 años de catequista en la parroquia” parecen ser los titulares de una vida abnegada y ejemplar. Hoy me gustaría, en este breve artículo, matizar algunas ideas “judeo-cristianas” sobre el servicio. Espero “rascar” sin molestar.

Aunque nadie lo reconoce, todos PASAMOS FACTURA a nuestra entrega. Este suele ser un proceso que se va gestando en el inconsciente. Lo negaremos por activa y por pasiva, pero el que más y el que menos vamos colgándonos medallas imaginarias que algún día esperamos sean reconocidas. Esas medallas pueden ser honoríficas (un pequeño homenaje o el aplauso social por el trabajo realizado) o materiales (el ascenso en el trabajo o una parte mayor de la herencia). Además, vamos incubando un resentimiento hacia los que no se implicaron tanto como yo (“Mi hermana que no asomó por la casa de mi padre nada más que para la visita”).

El ideal cristiano del servicio no es servir más, sino mejor. Es decir, tener claras las convicciones que nos llevan a ello, revisando permanentemente cuáles son las motivaciones profundas que nos conducen a ese servicio y el límite de nuestro don, que puede morir por sobre-explotación.

Y es que, sin darnos cuenta, servir NOS PASA FACTURA. La ayuda prestada se puede convertir en una inercia. La rutina va haciendo estragos, y llega un día en el que nos podemos romper. Es el momento de desconectar un poco antes de volver a la tempestad. Este “parón” se convierte en urgente y necesario. Yo diría que requiere una dosis de valentía reconocer que hemos llegado a nuestro límite y dejar paso al relevo. Porque lo importante es permanecer, mantenerse. Y para ello, no se puede ir deprisa y se necesitan paradas para discernir la calidad de nuestra entrega.

El domingo pasado me consolaba porque hasta los apóstoles querían pasar factura a Jesús. Mientras iban de camino a Jerusalén, estaban discutiendo quién era el primero (también ellos se estaban colgando medallas imaginarias). Y Jesús, paciente, porque conoce nuestro “paño”, les instruye sobre la necesidad de servir desde otras claves que no son las del reconocimiento y el aplauso.

¡Cuánto nos falta, Señor, para vivir tu ideal de servicio y entrega! Hoy te pido que sepamos descubrir ese equilibrio entre vivir una vida entregada a los demás y estar atentos a nuestras debilidades y cansancios para, de este modo, no rompernos. Que en nuestra entrega no pasemos factura y nuestro don no nos pase factura. Porque nos quieres serviciales pero felices.

Ramón Bogas Crespo

Director de la oficina de comunicación del obispado de Almería

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