Estamos hastiados de política. O más bien de políticos. A pesar de reconocer que hacen un servicio imprescindible a la sociedad, hay actitudes que me sorprenden (a veces, disgustan) y me hacen reflexionar sobre la naturaleza humana. En el fondo, no son más que un reflejo público de lo que somos en privado. En los últimos años (con la honrosa excepción de la Transición), lo que más me llama la atención es que NUNCA EL OTRO TIENE RAZÓN. En el juego de oposición, jamás se reconoce la verdad o el acierto que hay en el contrario político. Supongo que algo habrán hecho bien (unos y otros), y sería justo reconocerlo si es para el beneficio del bienestar común.

Pero nos pasa un poco a todos. Difícilmente, un madridista reconocerá el buen juego del Barcelona o viceversa. Si el alcalde no es de mi bando, nunca hará cosa buena o si lo hace, será por “puro electoralismo”. Mi familia política no tiene remedio y mi esposo no hace una a derechas. También sucede en la misma Iglesia. Lo que hacen los “progres” es heterodoxo, lo de los “carcas” antiguo y trasnochado. En todos estos casos se cumple una ley: el error en el otro, la verdad en lo mío.

Hace unos meses, Mark Zuckerberg: presidente de Facebook reconoció ante el Senado de EEUU y las cámaras de todo el mundo que se había equivocado. Había compartido información de muchos de sus usuarios, y esos datos habían sido usados fraudulentamente. Su grandeza: reconocer que su empresa y que él mismo no habían hecho lo que debían. Sin duda, un reto para el crecimiento espiritual y personal sería hacer este ejercicio: Reconocer el bien, la verdad, lo que de Dios hay en el otro y admitir el error propio.

El domingo leíamos el pasaje de Marcos en el que Juan le dice al Maestro que había uno que estaba haciendo el bien, y no era de los nuestros. Y Él contesta: “No se lo impidáis, porque uno que hace milagros en mi nombre no puede luego hablar mal de mí. El que no está contra nosotros está a favor nuestro”. Jesús acepta la verdad que hay en él y sabe que Dios puede actuar también a través de sus manos, a pesar de no ser del grupo de los discípulos. Es más, a continuación, les conmina a que se miren un poco a ellos mismos para que reconozcan sus actitudes erróneas.

Me asombra como siempre, Señor, tu mirada. Cómo sabes, sin prejuicios, reconocer lo bonito y lo bello que hay en el otro. Danos sabiduría y constancia para descubrir que no somos los mejores. Que tenga la grandeza de alma para aceptar lo que se hace bien, lo que de Dios hay en el otro, a pesar de ser mi rival o no ser de “mi bando”. Porque, entrelazados, unidos en el mismo destino, como Tú quieres, haremos un mundo más hermoso donde reine tu evangelio.

Ramón Bogas Crespo

Director de la oficina de comunicación del obispado de Almería

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