Cuenta la historia que un matrimonio muy pobre iba a celebrar el aniversario de su matrimonio. Él daba vueltas y más vueltas a su cabeza pensando cómo conseguir unas pocas monedas para hacer un regalo a la mujer que tanto amaba, y que lo había acompañado durante casi toda su vida. Finalmente, pensó que podría vender su pipa, con la que todas las tardes se sentaba a fumar a la puerta de su casa. Con el dinero, podría regalar a su mujer un peine para que pudiese peinar su bello y largo cabello, que cuidaba con mucho esmero. Aquel hombre fue a la casa de empeños, vendió su pipa y se acercó a su casa llevando envuelto en un pobre papel el peine que había comprado. Allí le esperaba su mujer…, que había vendido su hermoso cabello negro para regalar a su marido el mejor tabaco para su pipa.

Es una historia sencilla, que nos habla de amor generoso, de renuncias mutuas, pero sobre todo de eternidad. Sin duda, aquellos ancianos no se imaginaban un futuro sin enfermar juntos, sin vivir cogidos de la mano hasta el final de sus días. Y hoy quiero hablaros sobre amores eternos. Da un poco de vértigo tomárselo en serio. Sobre todo, en esta sociedad en la que parece que no puede existir nada definitivo. En palabras de mi amigo Serafín: “el imperio de lo efímero”.

Y, sin embargo, el corazón no se conforma con menos. A pesar de los fracasos y del desgaste, de experiencias fallidas o edades maduras, hay algo muy dentro de nosotros que anhela un amor inmarcesible que desafíe el paso del tiempo. Porque todos hemos experimentado que cuando se vive el amor verdadero, uno se sueña paseando juntos y viejitos en la playa más cercana. Estamos llamados al amor eterno y hay algo muy dentro de nosotros que lo anhela.

El domingo pasado, Jesús instruía a sus discípulos sobre el divorcio. Y a mí me parece que intentaba transmitir una idea mucho más honda que los líos legales o morales en los que, en ocasiones, nos hemos metido en la Iglesia. Jesús nos recuerda que estamos destinados a la eternidad. A ese amor de Dios donde, con toda certeza, no va a existir el reproche, el egoísmo, el desgaste… sino la acogida sin condiciones, el abrazo que envuelve toda debilidad.

Ahora me toca aterrizar, Señor. Sueño con ese amor, pero la vida es muy complicada, y no suenan violines a mi alrededor. Aun así, tengo esperanza. Porque como dice Tolstoi en Guerra y Paz: “El amor humano puede convertirse en odio. En cambio, el amor divino es eterno: nada, ni siquiera la muerte es capaz de destruirlo”. Porque amar, en cierta medida, es poder escuchar y decir: “No morirás para mí, no moriré para tí”. Cierro los ojos y pienso en mis amores eternos, en el Tuyo y en las personas que nunca, nunca, morirán para mí.

Ramón Bogas Crespo

Director de la oficina de comunicación del obispado de Almería

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