Hace unos días tuve que alquilar un coche. De primeras, todo bien: económico, fácil y cómodo. Pero cuando te acercas al mostrador a retirarlo, te espera una sorpresa: “Si quiere tener un seguro a todo riesgo, que cubra cualquier cosa que pueda pasar…”. ¡Quién se niega a una oferta como esa! Al final, te cuesta más el seguro que el importe del alquiler en sí. Salí de allí pensando que, con toda seguridad, todos los clientes aceptarían el pago de ese seguro porque conecta con un anhelo muy humano: VIVIR SEGUROS A TODO RIESGO.

No hay nada que más nos atraiga que poder tener todo asegurado. De hecho, paradójicamente, gastamos gran parte de nuestra existencia en “asegurar” una vida que estamos malgastando en estar seguros. Aunque parezca un juego de palabras, es fácil. De tanto vivir para garantizar el futuro, podemos perder el disfrute del presente.

Pedimos a Dios que no nos falte nunca la salud, que nuestros hijos estén bien siempre, que dentro de 25 años estemos todos reunidos otra vez… Y a mí me da que al Jefe le da la risa. Porque siento aguaros la fiesta, amigos. Probablemente, la enfermedad se asome, nuestros hijos se equivocarán igual que nosotros y, por pura ley de vida, dentro de 25 años algunos faltaremos. Eso sí, si nos pidieran pagar la cantidad que fuera (hasta vender nuestra alma), lo haríamos con gusto por la “tranquilidad” de tenerlo todo asegurado.

El domingo contemplábamos la escena del joven rico. Tenía ganas de seguir a Jesús, quería agradar a Dios, pero Jesús se da cuenta de que le falta una cosa: arriesgar, dejar de sentirse seguro. Y Jesús, mirando a su alrededor (y a nosotros) nos dice: “Que difícil les va a ser a los que se sienten seguros entrar en el Reino de Dios”.  Hemos olvidado que vivir es arriesgar. Pero para arriesgar no hace falta ir a lugares remotos, sino abrirse con fe, serenidad y confianza a lo gozoso y espinoso que la vida nos va trayendo.

Sé que es difícil. Que escrito todo resulta fácil. Todos tenemos ese deseo de vivir tranquilos y seguros, porque estamos como niños asustados en la noche de la vida. Pero solo seremos capaces de vivir en plenitud, si estamos preparados para arriesgar, salir de nuestra zona de aparente confort y vender muchas de nuestras riquezas/seguridades. Es el camino del evangelio, duro, pero que promete plenitud.

Hoy acabo parafraseando sabias palabras del Antiguo Testamento: “Supliqué sabiduría, la preferí a seguros a todo riesgo porque, en comparación, no son más que palabras vacías. Todo el oro, a su lado, es un poco de arena y, junto a ella, la plata vale lo que el barro. La quise más que la salud y la belleza y me propuse apostar por ella, que fuera mi luz, porque su resplandor no tiene ocaso” (Libro de la Sabiduría 7,7-11).

Ramón Bogas Crespo

Director de la oficina de comunicación del obispado de Almería

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