Aquella fea tos presagiaba lo peor. Después de las pruebas oportunas, se confirmó el diagnóstico: cáncer de pulmón. Nos sentamos en una terraza en el paseo del Palo de Málaga, y me dijo con su fina ironía que había anotado dos cosas en cuanto se había enterado de la noticia. La primera, que perdonaba desde ese momento a todos lo que le dijeran: “Cuántas veces te avisé que dejaras el tabaco”. Porque lamentarse no sirve de nada, y sus cigarros han sido fruto de largas reuniones de trabajo, muchas horas de estudio, apasionadas tertulias y vinos compartidos con los amigos. “¡Que le quiten lo fumao!”, que diría Rafa con su pícara sonrisa.

La segunda anotación tenía más calado: “Ya he jugado el partido, ahora me queda LA PRÓRROGA”. Y se puso a jugarla a su estilo. Se marcó tres objetivos. El primero, seguir haciendo lo que le apasionaba: trabajar desde el evangelio contra las injusticias. Siguió en Nador (su último destino) ayudando a los miles de inmigrantes subsaharianos que viven en el bosque Gurugú esperando la oportunidad para saltar la valla, y en la promoción laboral de jóvenes marroquíes sin recursos. Después de dos días de quimio en Málaga, volvía cada mes en barco a su tarea. Era su mejor medicina: vivir con pasión para dar vida.

La segunda cosa por hacer en ese tiempo de prórroga era despedirse de las personas a las que amó. En algunos días libres, sacando fuerzas de donde no las había, visitó a su familia de Bilbao, a su amiga del alma de Santander, y pudo reunir a casi todos los amigos que pasaron por su vida en la fiesta de su santo. Pero no para pronunciar lacrimógenos discursos, sino para cantar, reír y brindar por una vida apasionante. La tercera tarea, quizás la más importante, era ir preparando la fiesta del abrazo del Padre, con la confianza puesta en Aquél por quien dio su vida, permitidme en este momento la discreción en mis palabras porque pertenece al “sagrario” de su intimidad.

Rafa se marchó el 23 de octubre, en la víspera de san Rafael, con el banquete preparado y todos los amigos convocados. Todo un signo de que la fiesta continua y de que el amor no se extingue con la muerte. Seguiremos brindando en tu honor, intentando seguir tu estela de compromiso y frescura con olor a alegría de Evangelio.

Ahora nos toca a nosotros, amigos, preguntarnos si no sería interesante empezar a jugar desde YA esa prórroga. Disfrutar con pasión las cosas que hacemos, celebrar con los que amamos muchos santos y con hondura ir preparándonos para soltarnos y volar. Porque a lo mejor no hace falta una fea tos para vivir como regalo y tarea ese apasionante don que es la vida.

Ramón Bogas Crespo

Director de comunicación del obispado de Almería

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