Amigo lector:

La esperanza la tenemos a flor de piel. ¡Que nos dure mucho!, así sea. La sacudida de los problemas y de la crisis está, pero no perdemos la esperanza. Como cristiano hemos regenerado la virtud de la esperanza. Este tiempo que presenta graves dificultades nos tiene que ayudar para, al final, aprender mucho, no caer en los mismos errores, revisar actitudes y comportamientos no sólo ante la economía, cabe hablar de la vida moral y de la ética en la profesión y en todos los ámbitos de la vida. Escuchábamos al Papa en su Visita Apostólica que sin Dios sería arduo afrontar retos y ser verdaderamente felices, volcando el entusiasmo en conseguir una vida auténtica. Mirada amplia, afrontar situaciones y luz para salir adelante. La esperanza junto con la alegría que viene de la fe. Y una cosa, no olvidar al que está al lado: una dosis de comprensión de ponerse al lado y en el lugar de –empatía-, antes de enjuiciar; solidaridad fraterna que somos cristianos.

Ya sabes, amigo lector a lo que me refiero cuando he hablado de la esperanza sin perder el realismo. Hemos vivido una llamada muy fuerte a la esperanza, o mejor dicho, la esperanza ha puesto su casa entre nosotros, en el corazón de cada uno. ¿No lo crees así después de haber vivido la Jornada Mundial de la Juventud? Benedicto XVI, en Barajas, nada más llegar a España, dijo que la JMJ «traía un mensaje de aire puro y juvenil, con aromas renovadores que nos llenan de confianza ante el mañana de la Iglesia y del mundo». Jesucristo, Palabra eterna del Padre y esperanza de los hombres ha llegado como respuesta de plenitud y de vida. Así nos lo ha dicho el Papa, así en las celebraciones de la fe que hemos vivido, y así en la actitud y modo de ser joven de los jóvenes. Dios sabe lo que hace, amigo lector, y Él guía a su Iglesia. El Espíritu de Cristo Resucitado hace resonar la casa de todos para oír hablar de las maravillas de Dios. Esa es la Iglesia, la fuerza de Dios, que es su amor, joven por la acción del Espíritu, que se mueve por el mundo…  El mundo capaz de entender los signos del amor de Dios es el de los pobres o el de los desheredados de la tierra, a los que la sociedad que promete los deja al margen. Ahí está la Iglesia y se demuestra que es el Cuerpo Místico de Cristo. En el evangelio, ¿quiénes eran los que seguían a Jesús y en los que podía hacer algún milagro, los que no se escandalizaban ni cuestionaban? Lo mismo. Procuremos no instalarnos, estar abiertos… Dios proveerá.

El Papa decía el primer día en Cibeles a los jóvenes congregados de los cinco continentes que escucharan la Palabra para que fuera en ellos espíritu y vida, aludiendo al evangelio de San Juan (6,63), y raíces que alimentara el ser y despertara pautas de conducta que asemejaran a la persona de Cristo, pobre de espíritu, hambriento de justicia, misericordioso, limpio de corazón y amante de la paz. Les deseaba que las palabras del Señor llegaran al corazón, arraigaran y fraguaran toda la vida

Habrás oído hablar de la Vigilia de Cuatro Vientos, la noche del sábado de la JMJ. Hay se produce la imagen de lo que es la Iglesia y de lo que significaba ese acontecimiento de fe, mucho más allá de lo que quieran ver quiénes sean, porque se escapa a los ojos. No me canso de repetir que fue el silencio en la Adoración del Santísimo Sacramento. Estaba la inclemencia del tiempo, pero sobre todo estaba la fe. Ese silencio multitudinario de Adoración Eucarística de los jóvenes con el Papa hizo crecer la comunión de la Iglesia. Y no me canso de repetir que fue un ejemplo plástico, evidente, de lo que es la Iglesia y su misión: siendo prolongación de Cristo mantiene su actitud, de cara al Padre, así la Iglesia mira a su Señor que le habla y la sostiene. Que no se pierda en nosotros la Adoración al Señor. Adoradores en espíritu y en verdad, desde luego, pero que reconocen de donde viene la fuerza y están siempre a la escucha para ser fieles a la misión. El trabajo apostólico en la Iglesia, con los jóvenes o con los niños, con los matrimonios o los adultos, es conducir a Cristo. Adorar y luego la misma actitud existencial devenida en fraternidad. Al comienzo del milenio el Beato Pontífice Juan Pablo II exhortaba a hacer de las parroquias escuelas de oración. Parece que ese silencio, sereno y vibrante, es demasiado elocuente y revelador.

Ese silencio en el marco de la JMJ y cuando lo hagamos –que saquemos ese propósito de la visita frecuente al Sagrario, de la Adoración en silencio fruto que acrecienta el amor a la Eucaristía vínculo de caridad-, hacía aprovechar esos días con el sentir del Papa, tal como indicaba a los jóvenes en Cibeles el primer día: «para conocer mejor a Cristo y cercioraros de que enraizados en Él, vuestro entusiasmo y alegría, vuestros deseos de ir a más, de llegar a lo más alto, hasta Dios, tienen siempre un futuro cierto, porque la vida en plenitud ya se ha aposentado en vuestro ser».

 Antonio de Mata Cañizares

Vicario Episcopal

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