Hoy os llevo de viaje. Tierra Santa es un lugar mágico, interesante y espiritual. Los que hemos tenido la suerte de ir hemos traído recuerdos imborrables en nuestra memoria. Uno de ellos, la visita a Belén. Aquella ciudad con mucho sabor árabe, situada en el actual estado de Palestina, tiene como foco de peregrinación el lugar donde nació Jesús. Apoyándose en la tradición, el emperador Constantino mandó construir una gran basílica sobre la gruta donde los pobladores de aquellas tierras situaron el nacimiento del Salvador. No es mucho lo que se conserva de la primitiva basílica, que más tarde fue reconstruida en el siglo VI en la época bizantina.

Lo que me llamó la atención de este maravilloso templo es que para entrar en él debe hacerse por una diminuta puerta. El acceso se tapió para evitar asaltos, y sólo quedó una puerta que obliga a pasar de uno en uno, y aun así con dificultad. Paradojas de la vida, quien desea entrar en el lugar del nacimiento de Jesús tiene que agacharse.

Y es toda una lección para nuestro mundo engreído, lleno de miradas altivas que colocan a la persona en un pedestal. Tan hinchados y encantados de nosotros mismos, nos olvidamos que tenemos los pies de barro. Orgullosos de nuestras fortalezas, hemos convertido la vida social en una competición de egos, donde no queda mucho espacio para el diálogo, el encuentro, la escucha y el aprendizaje.

Nos cuesta agacharnos y reconocer los errores. Se nos cuela en el subconsciente que es un signo de debilidad o de falta de autoridad. Quizás ante el error siempre sale nuestro lado más infantil que busca echarle la culpa al otro, justificando siempre nuestras acciones o, peor aún, decidimos atacar, cuando en el fondo deberíamos inclinar la cabeza y volver a empezar.

Ya empieza a verse turrón en el supermercado y, cuando comamos el primer pedazo, sería bueno que recordásemos que es imposible llegar a Jesús sin agacharse. Estamos llamados a ser Santos, pero no como “santurrones” que no cometen errores, sino como hombres y mujeres con los pies en la tierra que han experimentado la misericordia de Dios y de los que nos quieren. Disculparse, reconocer asignaturas pendientes y defectos es el camino para conjugar en cristiano la vida.

Señor, líbrame de vivir desde el orgullo del que nunca se equivoca. Mira que estoy demasiado acostumbrado a andar altivo y necesito mucho evangelio para saber reconocer que soy frágil, que necesito descubrir esa revolucionaria forma de vivir que Tú inauguraste, en la que perder es una manera de ganar, rebajarse la mejor manera de encumbrarse y morir una oportunidad maravillosa de resucitar.

Ramón Bogas Crespo

Director de la oficina de comunicación del obispado de Almería

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