Hace unos días hemos celebrado la fiesta de los Apóstoles San Pedro y San Pablo, columnas de la Iglesia. Hemos celebrado, unido a esta fiesta, el día del Papa. El Papa, Obispo de los Roma y sucesor de los Apóstoles, es el principio visible de la unidad de la Iglesia, Vicario de Cristo y cabeza de toda la Iglesia sobre la que tiene, por institución divina, potestad plena, suprema, inmediata y universal.

Ha sido la celebración del 60º aniversario de la ordenación sacerdotal de Benedicto XVI que ha querido vivirlo desde la amistad con Cristo, meditando las palabras del Señor en el Evangelio de San Juan (15,15): «Ya no os llamo siervos, sino amigos» y con profunda gratitud al Señor que traducía en mensaje de esperanza para todos los hijos de la Iglesia. Decía en la homilía de ese día en la Misa celebrada en la Basílica vaticana: «Sesenta años de ministerio sacerdotal… En esta hora me he sentido impulsado a mirar a lo que ha caracterizado estas décadas. Me he sentido impulsado a deciros –a todos los sacerdotes y Obispos, así como también a los fieles de la Iglesia– una palabra de esperanza y ánimo; una palabra, madurada en la experiencia, sobre el hecho de que el Señor es bueno.

Pero, sobre todo, éste es un momento de gratitud: gratitud al Señor por la amistad que me ha ofrecido y que quiere ofrecer a todos nosotros. Gratitud a las personas que me han formado y acompañado. Y en todo ello se esconde la petición de que un día el Señor, en su bondad, nos acoja y nos haga contemplar su alegría».

Toda la Iglesia ha sido, por voluntad del Su Santidad, convocada para rezar por la santidad de los sacerdotes y por las vocaciones sacerdotales. Esta llamada con ocasión de esta efeméride del Pontífice no debe ser algo aislado o dejado en exclusiva para esta ocasión. Rezar por las vocaciones y por la santidad de los sacerdotes es la gozosa y agradecida obligación de los cristianos; rezar por quienes son –en expresión del mismo Benedicto XVI- “servidores de nuestra alegría”. Por otra parte rezar por las intenciones del Romano Pontífice y las necesidades de la Iglesia es la primera obra de apostolado. Cada mes del año se nos ofrecen dos intenciones del Papa, general y misional.

Animo desde aquí a emprender esta tarea quienes todavía no lo hayan descubierto y agradezco a quienes son fervientes en su oración. Para este mes de julio las intenciones de Papa son: «Para que los cristianos contribuyan a aliviar el sufrimiento físico y espiritual de los enfermos de SIDA, especialmente en los países más pobres», como intención general. Y como intención misional queda propuesta: «Por las religiosas que trabajan en tierras de misión, para que sean testigos del gozo del Evangelio y signo viviente del amor de Cristo». ¡Ánimo con el apostolado de la oración!

Sírvanos la expresión: la primera virtud nuestra sea la oración, e insisto, por las intenciones del Papa, por la santidad de los sacerdotes y por las vocaciones. Hagámoslo con espíritu de gratitud.

Acabamos de emplear el término virtud. Entiendo que pueda resultar extraño, sólo porque no sea poco usado. El Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica define la virtud como la disposición habitual y firme para hacer el bien, y menciona a San Gregorio de Nisa para afirmar que el fin de una vida virtuosa consiste en llegar a ser semejantes a Dios. Como virtudes humanas (las llamadas cardinales), base de una vida virtuosa, son la prudencia, la justicia, la fortaleza y la templanza. Las recordamos:

- La prudencia dispone la razón a discernir, en cada circunstancia, nuestro verdadero bien y a elegir los medios adecuados para realizarlo.

- La justicia consiste en la constante en la constante y firme voluntad de dar a los demás lo que les es debido. La justicia para con Dios se llama virtud de la religión.

- La fortaleza asegura la firmeza en las dificultades y la constancia en la búsqueda del bien, llegando incluso a la capacidad de aceptar el eventual sacrificio de la propia vida por una causa justa.

- La templanza modera la atracción de los placeres, asegura el dominio de la voluntad sobre los instintos y procura el equilibrio en el uso de los bienes creados.

Los meses del verano, julio y agosto, son buena ocasión para dedicarnos a los asuntos de la fe, no son tiempo perdido. El Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica  en los números 377-390, tratado sobre Las Virtudes, nos ofrece una ocasión para revisar la propia vida y fijarnos en lo que nos sirve para acercarnos a Dios. Disfrutemos el verano y aprovechemos el tiempo.

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