Mi artículo de hoy es un poco especial. Hace tres años, en otoño, comenzaba a escribir estos “articulillos” con la mirada de la fe. Tres años dan mucho de sí. Muchas historias, y esa combinación “muy bogas” de mirada atenta a la vida y búsqueda de luz en la Palabra. Ahora llega el momento de ceder el testigo. Mi compañero de viaje, Paco Sáez, ha terminado sus tres años del ciclo litúrgico, y ahora se encargará un nuevo tandem de hacer el comentario al evangelio y esta sección.

Pero antes de irme os cuento la última. Hace un par de años fui a un curso que organizaba la Conferencia Episcopal para todos los portavoces de las diócesis. Recuerdo que la primera charla la dio una chica joven, responsable de comunicación de una gran empresa, y empezó con humildad a hablarnos a los sacerdotes y obispos presentes: “Mirad, soy católica, intento ir a misa, hago lo que puedo con este lío de vida que llevo, pero os tengo que decir una cosa: ¡No se os entiende un carajo!”. Se produjo un murmullo, mezcla de carcajada y nerviosismo. “Habláis con un lenguaje, que creo que vosotros entenderéis bien, pero que el resto de los oyentes nos quedamos pensando en qué vamos a cocinar la semana que viene”.

Creo que la iglesia tiene un grave problema de comunicación. No se nos entiende. Todos los expertos en esta materia señalan que se hace urgente traducir ese lenguaje institucional y teológico a un lenguaje común que sea entendible por todos. Trasladar la responsabilidad de la comprensión al receptor es el mejor modo de “bloquear” la comunicación. Si el público no entiende, será necesario explicarse mejor. Y esto es lo que, humildemente, he intentado hacer en estos tres años. Tenemos dos tesoros a nuestro alcance: la Palabra de Dios y la espiritualidad, y está en manos de todos los creyentes ser capaces de vivir y comunicar lo felices que nos hacen estas dos riquezas.

En este mundo, de demasiados reproches y quejas, la palabra clave ahora es gracias. A todos. Por tanto. A todos mis lectores fieles, a los que me animáis cada semana, a Nina, mi paciente correctora y a todos los que me inspirasteis con vuestra vida y ejemplo. Y perdón si en algún momento no he estado a la altura o si he ofendido con algún comentario o alusión personal. Esto, en todo caso, no es un punto final, tan solo un punto y aparte. Ya nos veremos en otro ciclo o en otro ámbito. ¡Quién sabe! Pero, a veces, lo más honesto es frenar y repensar la vida.

Aquí me quedo, Señor. Que no me falte la confianza, la fidelidad primera y la ilusión compartida por seguir en tu camino. Que me sigas dando la oportunidad de verte en cada esquina, en lo sencillo y en lo hondo, en mis lecturas o en la serie que estoy viendo. En el vino con los compañeros o en el duelo del amigo. Porque, si Tú me das LA MIRADA DE LA FE, todo tiene sentido. Lo dicho, un fuerte abrazo, y hasta pronto.

Ramón Bogas Crespo

Director de la oficina de comunicación del obispado de Almería

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