En la solemnidad de Pentecostés celebramos el Día de la Acción Católica y del Apostolado Seglar bajo el lema “Arraigados en Cristo, anunciamos el Evangelio”. Esta jornada eclesial nos debe hacer tomar conciencia una vez más de la importancia del apostolado seglar asociado en cuanto que manifiesta el misterio de la Iglesia que es comunión y comunidad al servicio de la humanidad entera.

Nos hallamos ante la realidad dolorosa de constatar que en nuestra diócesis de manera suave pero evidente van desapareciendo movimientos y grupos, y con  ellos sus inestimables carismas, que antaño vitalizaron tanto la participación de los seglares en la vida de la Iglesia y el compromiso temporal. El Congreso de Apostolado seglar “Testigos de la Esperanza” celebrado en 2005 hacia un análisis de la situación de los movimientos y asociaciones aplicable hoy a nuestra realidad cuando decía hablando del movimiento asociativo en la Iglesia que  “las más clásicas, las más tradicionales o están desvitalizadas por falta de renovación generacional o viven cautivas de viejas concepciones, reactivas e ideologizadas, que las incapacitan para desempeñar un papel importante en la vida y en el apostolado de la Iglesia. Las más jóvenes y más pujantes desde el punto de vista religioso y apostólico, son todavía escasas, se reducen a grupos minoritarios que no han logrado todavía renovar al conjunto del pueblo cristiano y con frecuencia viven excesivamente encerradas en sí mismas sin una inserción efectiva en la vida común de las parroquias y de las Diócesis”. No obstante hemos de dar gracias a Dios porque en la actualidad los movimientos y asociaciones radicadas en nuestra diócesis con estatutos aprobados por la autoridad episcopal superan la treintena.

Recuerdo con añoranza mis años de consiliario diocesano del movimiento Junior en la década de los años 80 con la participación de miles de niños y centenares de educadores, jóvenes y adultos, que mostraban un rostro de la Iglesia lleno de esperanza. Igualmente digo de los grupos de jóvenes agrupados en la Juventud Obrera Católica y que aquí en nuestra diócesis, después de múltiples visicitudes, se alejaron de la Iglesia para desaparecer lentamente perdidos en multitud de organizaciones sociales de todo tipo. Igual se podría decir de muchas asociaciones y movimientos laicales de toda índole. El IV Sínodo almeriense, hace más de diez años, reconoció el papel insustituible del laicado en nuestra Iglesia y apostó por trabajar pastoralmente en formar cristianos adultos, conscientes de su identidad y misión y comprometidos con el mundo y la Iglesia.

 

El Apostolado seglar asociado en el momento presente se halla empeñado en la búsqueda de nuevos caminos de iniciación cristiana. Los llamados “nuevos movimientos” irrumpieron con fuerza hace unos años suscitando gran esperanza no exenta de dificultades como señalaba en su día el Congreso de Apostolado seglar cuando constataba que “estamos viviendo una época de enfriamiento religioso generalizado y de debilidad profética y apostólica de la Iglesia” y enumeraba, entre otras causas de la situación actual, que “vivimos todos en el ambiente de una cultura contraria a la fe, antropocéntrica, hedonista, mundana, que no reconoce de manera efectiva ni la soberanía de Dios ni la primacía de la vida eterna en la comprensión, ejercicio y configuración de nuestra vida; los criterios, las actitudes no cristianas crean conflictos, divisiones y distanciamientos entre los cristianos que rompen la unidad, empañan el esplendor del testimonio cristiano y debilitan el vigor espiritual y la capacidad apostólica de la Iglesia”.

 

         En consecuencia, es tiempo para arraigarnos en Cristo a fin de vivir el hoy del mundo y de la Iglesia y, desde esta experiencia fontal que llena de sentido la vida, anunciar el Evangelio con coherencia y pasión. A continuación, hemos de poner empeño en la formación cristiana integral y en la participación activa de los cristianos en los distintos ámbitos eclesiales así como en la vida pública. En estos días nuestro Obispo ha dictado decretos para renovar el Consejo diocesano de Pastoral y el Consejo de Laicos. Es una oportunidad sencilla pero única para sentir la corresponsabilidad eclesial que tanto pondero el II Concilio del Vaticano.

Retomando las actas del mencionado Congreso de Apostolado seglar nos preguntamos qué podemos hacer en esta hora de la historia que nos ha tocado vivir.  Nos contestamos, acudiendo al magisterio de la Iglesia diciendo, que hay que revitalizar la fe haciéndola personal. Sin la experiencia de Dios la acción pastoral está viciada en su raíz. Después, hay que cambiar nuestra praxis pastoral, iluminada por una eclesiología de comunión y participación de todos los bautizados. En este orden de cosas decimos con convencimiento pleno que las organizaciones y asociaciones que nacen del derecho de los cristianos a asociarse para vivir su fe nos parecen absolutamente necesarias para el anuncio de Jesucristo hoy en nuestro mundo.

El beato Juan Pablo II concluía así su exhortación apostólica Christifideles laici, acerca de la vocación y misión de los fieles cristianos en la Iglesia y en el mundo: “En los umbrales del tercer milenio, toda la Iglesia, pastores y fieles, ha de sentir con más fuerza su responsabilidad de obedecer al mandato de Cristo: “Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación” (Mc 16, 15), renovando su empuje misionero. Una grande, comprometedora y magnífica empresa ha sido confiada a la Iglesia: la de una “nueva evangelización”, de la que el mundo actual tiene una gran necesidad. Los fieles laicos han de sentirse parte viva y responsable de esta empresa, llamados como están a anunciar y servir el evangelio en el servicio a los valores y a las exigencias de las personas y de la sociedad”.

Manuel Pozo Oller,

Vicario Episcopal

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