Amigo lector:

El mes de mayo trae a todos la alegría de la Pascua. Con la mirada en la Virgen María, nuestra Madre, celebramos la Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo y afianzamos nuestra fe en la Resurrección: la victoria de Cristo es ya nuestra victoria y donde nos ha precedido Él, que es nuestra cabeza, esperamos llegar también nosotros miembros de su cuerpo. Esta es la esperanza de la Iglesia.  A lo largo de la Pascua, que ocupa todo este mes de mayo, se celebran las Primeras Comuniones. Habrás asistido, amigo lector, a alguna Primera Comunión en tu Parroquia de algún familiar o el compromiso de algún amigo. Quisiera felicitar de corazón a todos los niños que han hecho su Primera Comunión o se están preparando de inmediato en estos días. Quiero felicitar de corazón a tantos Catequistas que en cada una de las Parroquias se entregan en la catequesis de los niños preparándolos, de manera adecuada a su edad, para recibir los Sacramentos. Un catequista que en comunión con su párroco se dedica a la transmisión de la fe merece todo el respeto del mundo y esa misión bien hecha redunda en su vida de fe y enriquece la Iglesia.

Es fácil escuchar la censura de las Comuniones, que ya se da como una cosa hecha: cuanto esfuerzo en las Parroquias y luego… ¿qué queda? De otra parte, esto será lo más grave, que se quede en los niños sólo lo exterior porque hace más ruido y distrae la atención de los pequeños a la vez que le ocupa más tiempo y es la mayor preocupación de los padres. Lo de los niños siempre es hermoso. Recuerdo una catequista en una ocasión que decía con pasión que los niños son los mejores. Evitemos que los niños se queden solo con lo que se que se les enseña en la Catequesis Parroquial y no llegan a valorar en sus propias casas lo que ellos entienden que es importante. No puede ser que la catequesis y su formación cristiana se corte con la comunión porque así lo ven los mayores. Te aseguro, amigo lector, que esto no favorece a los niños.

La Primera Comunión debe ser un acontecimiento de fe en la familia; y en coherencia ante Dios con lo que los padres pidieron a la Iglesia para sus hijos el día del Bautismo, deben ocuparse en educarlos y acompañarlos en su vida de fe. Es momento de acercarse de nuevo a la Iglesia, redescubrir la fe no como niños sino como adultos, madurar en el seguimiento del Señor y centrar la vida en Cristo. Y continuemos de esta manera sin abandonar porque ya cumplimos al hacer la comunión.

El Papa Benedicto XVI tuvo un encuentro el 15 de octubre de 2005 en Roma con un grupo de niños de Comunión. Traigo algunas preguntas y respuestas. Un niño preguntaba al Papa: «Mi catequista, al prepararme para el día de mi primera Comunión, me dijo que Jesús está presente en la Eucaristía. Pero ¿cómo? Yo no lo veo». «Sí, no lo vemos, pero hay muchas cosas que no vemos y que existen y son esenciales. Por ejemplo, no vemos nuestra razón; y, sin embargo, tenemos la razón. No vemos nuestra inteligencia, y la tenemos. En una palabra, no vemos nuestra alma y, sin embargo, existe y vemos sus efectos, porque podemos hablar, pensar, decidir, etc. Del mismo modo, tampoco vemos con nuestros ojos al Señor resucitado, pero vemos que donde está Jesús los hombres cambian, se hacen mejores. Se crea mayor capacidad de paz, de reconciliación, etc. Por consiguiente, no vemos al Señor mismo, pero vemos sus efectos:  así podemos comprender que Jesús está presente. Como he dicho, precisamente las cosas invisibles son las más profundas e importantes.

Por eso, vayamos al encuentro de este Señor invisible, pero fuerte, que nos ayuda a vivir bien». Otro niño preguntaba al Papa: ¿Para qué sirve, en la vida de todos los días, ir a la santa misa y recibir la Comunión? La respuesta del Papa fue: «Sirve para hallar el centro de la vida. La vivimos en medio de muchas cosas. Y las personas que no van a la iglesia no saben que les falta precisamente Jesús. Pero sienten que les falta algo en su vida. Si Dios está ausente en mi vida, si Jesús está ausente en mi vida, me falta una orientación, me falta una amistad esencial, me falta también una alegría que es importante para la vida. Me falta también la fuerza para crecer como hombre, para superar mis vicios y madurar humanamente. Por consiguiente, no vemos enseguida el efecto de estar con Jesús cuando vamos a recibir la Comunión; se ve con el tiempo. Del mismo modo que a lo largo de las semanas, de los años, se siente cada vez más la ausencia de Dios, la ausencia de Jesús. Es una laguna fundamental y destructora…y así podemos ver que es importante, más aún, fundamental, alimentarse de Jesús en la Comunión. Es él quien nos da la luz, quien nos orienta en nuestra vida, quien nos da la orientación que necesitamos».

Antonio de Mata Cañizares

Vicario Episcopal

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