Permíteme, amigo lector, que abunde en el mismo tema que tratamos la vez anterior,  hablábamos de nuestra Madre la Iglesia, lo que ella puede aportar al hombre, lo que hace y partiendo de que es una realidad compleja, un misterio por la sencilla razón de que es humana y divina al mismo tiempo. Vayamos más lejos…, no podemos quedarnos sólo en lo que se ve y menos en lo que se oye. Contigo quiero, entrar en la Iglesia por lo que es y significa. El misterio de la Iglesia, su realidad profunda: interioricemos.

Creo con fe firme, amigo lector, hermano en la Iglesia, peregrino conmigo y en comunión con todos, que tenemos que acoger las palabras del Señor, hagámoslo con todo el cariño del corazón -¡amor filial a la Iglesia que le debemos!- y con toda la energía de nuestro ser. Las palabras del Señor a las que me refiero y quiero compartir contigo parecen una sentencia: «¡Rema mar adentro!». Están tomadas del capítulo cinco del Evangelio de san Lucas, versículo 4; aunque me gustaría que cogieras ese texto completo, los doce versículos primeros de ese capítulo (Lc 5, 1-12), los leyeras y pudieras rezar con ellos pidiendo comprender el ser de la Iglesia y vernos pescadores cada uno con nuestra llamada y con nuestras redes, pero en la misma barca.

Esa es la Iglesia, su ser y su misión, inseparables, porque su ser es misionero. No olvides, amigo lector, que estamos tú y yo en esta barca y eso hace que la barca se presente en el mar o en puerto de manera que confunda, y que preguntemos demasiadas cosas porque la Palabra del Señor no nos parezca suficiente, lo hermoso, tenemos que descubrirlo, es un signo de que pertenecemos a la Iglesia, que queremos hacer lo que hacemos –la misión- en el nombre del Señor. Que cada día nos reconocemos pecadores y, nosotros mismos -¡no otros…!- tenemos que echar las redes y quitar todo temor porque siempre tiene el Señor de la Iglesia un «desde ahora serás…» que cambia la realidad de las cosas, del mundo y, sin duda de la Iglesia misma, de la propia vida y de las convicciones personales de la fe.

En justicia, no puede silenciarse lo bueno que acontece por la Iglesia: las personas a las que se les presta ayuda en el sufrimiento, la asistencia a los enfermos de diversa índole, los niños ayudados en las más variadas situaciones, toda la ayuda que presta la Iglesia por amor a Dios, que queda para el Padre que ve en lo escondido, porque hay gente que se cree y se toma en serio que lo importante en esta vida es ser felices, y lo somos amando a las personas, óptima inversión para el cielo. En justicia: tenemos que agradecer a Dios la luz que se difunde en su Iglesia. El testimonio de los santos será estímulo y razón para descubrir la grandeza y el reto de la pertenencia a la Iglesia.

La Iglesia no puede ser verdaderamente entendida si no es desde la comunión; ni tampoco tiene demasiado que hacer si no tiene en cuenta que es comunión para misión de acercar el misterio de Dios revelado en Cristo a todas las criaturas y al hombre de hoy que, aunque religioso parece que actúa como si no lo fuera, como si Dios no estuviera. La Iglesia que existe para evangelizar, dijo Pablo VI, ha de procurar que el evangelio sea anunciado en su inmensa y permanente racionalidad que sea de nuevo categoría en el pensamiento y en la cultura de los bautizados. Afirmar la comunión de la Iglesia nos descubre un modo de ser a cuantos le pertenecemos: debe ser luz y sal para todos los órdenes de la vida y el devenir de la historia. Por el contrario, no nos contagiemos de lo negativo del mundo que sólo sirve para que se rebaje la exigencia y se difumine la esencia de la Buena Nueva del Reino, que es Jesús el mismo ayer, hoy y siempre.

El Sermón de la Montaña, que a lo largo de estos domingos se proclama en la liturgia de la Misa ayuda a descubrir algunos aspectos: primero, dar gracias a Dios que está en su Iglesia, la impulsa con la fuerza del Espíritu Santo de modo que todos puedan encontrar la sal y luz, y remar mar adentro siempre. Otro aspecto es que la Iglesia, es un organismo espiritual, vivo, que tiene que aportar algo hoy, por ejemplo mostrar ese modo de vida proclamado por Jesús de las Bienaventuranzas y lo que es específico del creyente y comporta una vida totalmente distinta (Mt 5-7): la proclamación de una ética y una moral decididamente cristianas. Como tercer aspecto mostrar la verdad del hombre y de la mujer en ideal de fraternidad y de reconciliación revelado en Cristo, el hombre nuevo. Amigo lector, hermano en la Iglesia, vamos en la misma barca, pertenecemos a Cristo.

Antonio de Mata Cañizares

Vicario Episcopal

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