Antonio de Mata CañizaresPara todos quisiera dar una palabra de ánimo. Acaba de comenzar un año nuevo en el que nos hemos expresado los mejores deseos, y hemos oído y dicho que sea un poco mejor el 2011. Así lo queremos y lo pedimos al Señor que sostiene nuestra vida y guía la historia de la humanidad. Ánimo ahora que otra vez hay que volver a lo cotidiano, ¡a lo nuestro! Quedan atrás estos días de encuentro, de excesos, de felicitaciones. El ánimo para que no sea precisamente la nostalgia sino que volvamos enriquecidos por lo que hemos recibido: Dios ha aparecido en el mundo como cualquiera de nosotros, semejante en todo menos en el pecado, quiere hacer entender que es amor y misericordia; algo así –para entendernos- como “que está por nosotros”.

El Nacimiento del Señor según la carne aconteció en un momento de la historia, en la plenitud de los tiempos que dirá San Pablo, nosotros lo celebramos mientras esperamos su venida gloriosa, su amor y su misericordia sostienen nuestra vida hasta el retorno del Señor. ¿Necesitamos amor? Evidentemente. ¿Necesitamos misericordia? Mucha, siempre, todos. ¡Ánimo! Sabemos que lo que encontramos en lo cotidiano, en la normalidad que nos ha tocado, y en las ocasiones de incertidumbre con que hemos comenzado el año y azotan a familias, lo que nos hace sufrir lo ha compartido Jesús, nuestro Señor. Desde el nacimiento de Jesús hasta su muerte, en una expresión muy nuestra diremos que “pasó por todas”. Cabe decir: era Dios. Responderemos que ¡sí!, por eso resucitó: para rescatarnos del mal y del pecado, para la vida eterna.

Vivamos con fe el año que ha comenzado en el nombre del Señor y por su nombre echar las redes mar adentro. No estamos solos, tenemos más de lo que pensamos. Se trata de irlo descubriendo, tal vez la madurez de nuestra fe, ser adultos en la fe signifique descubrir el tesoro de gracia y verdad que es Cristo. Como los Magos así nuestra vida: búsqueda del Señor, descubrirlo que nos muestre su rostro y nos de su luz para caminar sin tropiezo; alegría al descubrirlo y adorarlo: aquí estoy Señor, repetido cada mañana; marchar por otro camino, es decir despejando que vaya quedando todo libre de rastrojos, atrás lo que estorbe.

Esta Navidad guardé un texto de San Bernardo para compartirlo en este medio, dice así: «Es como si Dios hubiera vaciado sobre la tierra un saco lleno de misericordia; un saco que habría de desfondarse en la pasión, para que se derramara nuestro precio, oculto en él; un saco pequeño pero lleno… Cuanto más pequeño se hizo en su humanidad, tanto más grande se reveló en su bondad; y cuanto más se dejó envilecer por mí, tanto más querido me es ahora. Grandes y manifiestos son, sin duda, la bondad y el amor de Dios, y gran indicio de bondad reveló quien se preocupó de añadir a la humanidad el nombre de Dios».

Vayamos por la vida descubriendo nuestra riqueza que es Cristo, o recogiendo del saco lleno de misericordia que Dios continuamente derrama. Pensemos en los que no son conscientes o no pueden buscar en el saco de la misericordia o se satisfacen con otras riquezas y eso es lo que buscan y gastan sus días de esa manera. Recemos por ellos, no los imitemos y demos gracias por la fe que tenemos si de verdad la valoramos. La verdad es la misericordia de Dios que se derrocha y su amor. La verdad del hombre y del mundo es la gracia que ha aparecido y la bondad de Dios que se ha manifestado enseñándonos a llevar una vida sobria, honrada y religiosa, y renunciando a una vida sin religión y a deseos que nos apartan del amor de Dios que nos enriquece y nos hace eternos, así escribe San Pablo a Tito (2,11-14) y lo escuchábamos en la Misa del Gallo.

En estos días pasados, nos hemos fijado en los niños: El Niño Dios nos trae la ternura de un niño y el deber sagrado de velar por la vida de los niños, en lo más amplio que significa velar por la vida de un niño, también desde antes de nacer. Entusiasma ver los ojos de los niños: cómo miran y se confían, cómo se refugian cuando tienen miedo, como son expresivos. Sus ojos no guardan nada porque en su corazón no hay nada que ocultar. ¡Cómo quisiéramos ser como niños! Y el Señor nos dice en el Evangelio que hay que ser como niños para entrar en el reino de los cielos -¡no ser niños, “infantiloides”!-; un corazón de niño que entienda el amor de Dios en la vida de cada día calada por la gracia y la verdad. Esta es la carta a los Reyes que envío para todos, esperando lograrla a lo largo del año: un corazón de niño con la fuerza que da la fe firme y convencida, con la gracia de Dios que renueva los dones que él mismo nos regala. Que de nosotros quede el testimonio que de Jesús en el libro de los Hechos de los Apóstoles: «Me refiero a Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo; porque Dios estaba con él» (Hch 10,38).

Antonio de Mata Cañizares

Vicario Episcopal

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