Este año, al día siguiente de la solemnidad de la Natividad del Señor, la Iglesia en España celebró la Jornada de la Familia con el lema “La familia, esperanza de la humanidad”. El pasado domingo, convocados por el Cardenal Arzobispo de Madrid se reunían miles de cristianos para dar gracias a Dios por el don de sus familias. En verdad, las fiestas que celebramos son, sin duda, una oportunidad para mirar a la familia de Jesús e intentar imitar sus valores en las nuestras. En efecto, como todo ser humano, Jesús fue, al menos en cierta medida, reflejo de su propia familia. Vivió en ella más de treinta años; allí creció, se educó y aprendió con naturalidad y afecto muchas cosas.

Es verdad que, poco a poco, se ha ido formando en el pueblo la imagen ideal de la Sagrada Familia: San José con sus barbas, en su taller de carpintero o quizás con una vara de nardo florecido en la mano; la Virgen María, tan inocente y tan hermosa, dedicada a sus labores; y el niño Jesús, con cara de ángel, aprendiendo el oficio de su padre o quizás jugueteando con un pajarito. En fin, a veces, nos gustan los detalles ingenuos y tiernos.

Quizás, en vez de aprender nosotros las cualidades y virtudes de la familia de Jesús, lo que estamos haciendo es aplicar a aquella familia las cualidades y virtudes que a nosotros nos parecen las mejores para una familia. Y así, hemos construido una imagen de la Sagrada Familia en la que el marido, José, es un ciudadano ejemplar, un trabajador intachable, modesto y resignado con su suerte; y la esposa, María, es una santa mujer de su casa, con todas las virtudes que adornan a la esposa y a la madre; y el hijo es el mejor de los hijos, sobre todo el más obediente a sus padres. O sea, la familia ideal. No cabe duda de que si todas las familias del mundo fueran así, esto sería una balsa de aceite y la tierra resultaría una antesala del cielo. Pero lo malo del asunto es que no todas las familias son así, ni pueden serlo.

En consecuencia, la pregunta lógica es muy sencilla: ¿Fue realmente así como nos la pinta la tradición la familia de Jesús? Porque si aquella familia no hubiera tenido ningún tipo de problemas, de poco nos podría servir su ejemplo, ya que nosotros estamos llenos de ellos. Tenemos, pues, que quitarnos de la cabeza la idea de que la familia de Jesús fue una familia sin problemas. Por los datos que nos dan los Evangelios, sabemos que en aquella familia y en aquella casa hubo problemas y situaciones bastante serias.

El nacimiento de Jesús acarreó problemas muy dolorosos al matrimonio: la persecución política, el exilio y el tener que verse como emigrantes en un país extranjero (Mt 2,13-15). Incluso después de la muerte del dictador Herodes, José se siguió sintiendo amenazado como persona sospechosa ante la autoridad política (Mt 2,21-22), hasta el punto de tener que volver a un pueblo perdido, Nazaret, en la región más pobre, Galilea, un pueblo de mala fama (Mt 2,23; Jn 1,46).

Cuando llevaron al niño al templo por primera vez, un hombre de Dios inspirado por el cielo, le dijo a la madre cosas terribles: el niño estaba destinado a ser “señal de contradicción”y un motivo de conflictos, y ella misma se vería traspasada por un sufrimiento mortal (Lc 2,35).

Recordemos también el extraño episodio del niño cuando se quedó en el templo sin decir nada a sus padres. El Evangelio de san Lucas señala expresamente que ni María ni José comprendieron lo que el adolescente Jesús hizo y dijo en aquella ocasión (Lc 2, 41-51). Lo cual quiere decir que, también desde este punto de vista, en aquella familia hubo problemas, porque había cosas que resultaban preocupantes y que los padres a primera vista no entendían.

En resumen. Sagrada familia, sí, pero con problemas como todo el mundo. Y por cierto, de todas clases: problemas matrimoniales, problemas políticos, problemas entre los padres y el hijo. Una familia perseguida políticamente, desterrada, exiliada, arrinconada en un pueblo perdido, arrastrando sombrías amenazas, y viviendo situaciones que no resultaban fáciles de entender. En definitiva, una familia con problemas, y aún más, graves. Sin duda, todo hay que decirlo, como los problemas de tantas y tantas familias.

Por consiguiente, la familia cristiana ideal no es la familia donde no hay problemas, sino la que confía en Dios, escucha su voz, he intenta vivir coherentemente su fe, aun a costa de tener que soportar situaciones problemáticas que, por otra parte, son consubstanciales a la naturaleza humana. La Sagrada Familia, modelo sin par de familia creyente, es también para nosotros hoy, en medio de las dificultades y problemas de la vida cotidiana, escuela de humanidad.

Manuel Pozo Oller,

Vicario episcopal

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