Con la llegada del miércoles de ceniza hemos inaugurado el tiempo litúrgico de Cuaresma; y la ceniza nos recuerda tanto nuestra finitud, como la posibilidad de renacimiento, de renovación de nosotros mismos, de conversión, de morir al hombre viejo para nacer al hombre nuevo. Se trata, en definitiva, de reconocer nuestras miserias, nuestra constante debilidad y fragilidad, nuestros pecados.

Con todo, la ceniza o polvo, es un signo sacramental de penitencia. Asimismo, al igual que, el ayuno, la abstinencia y el dar limosna, el hecho de cubrirse con ceniza, constituye una acción enteramente penitencial. Y este conjunto de acciones o tabla de ejercicios para el alma, se lleva a cabo por y para arrepentimiento, dolor y expiación de los pecados, y para que nos ayude a convertir nuestro corazón, así como también de ofrenda a Dios.

Pero el rito de la ceniza se asemeja al mito del ave fénix, a aquella ave fabulosa similar a un águila y que según los antiguos era única en su especie, que perecía quemándose y renacía de sus propias cenizas. Así, de igual modo, tomando conciencia de nuestro pecado y movidos por el amor misericordioso de Dios, el proceso de conversión nos lleva a purificar nuestros pensamientos, palabras, obras y omisiones.

Por ello, siempre ante el pecado, en nuestra mano está alzarnos de nuevo, recobrar la vida una vez más a partir de nuestras cenizas en un triunfo sin igual o por el contrario, limitarnos a vegetar, a derrumbarnos… Esta capacidad admirable por renovarnos, por recobrar el aliento, las ganas y la fortaleza a partir de nuestras miserias y cristales rotos pasa primero por “morir a nosotros mismos”. Cuando reconocemos nuestro pecado todos “morimos un poco”, todos dejamos ir una parte de nosotros mismos que ya no volverá, que ya nunca será igual.

De hecho, se nos puede aplicar cierta analogía con el ave Fénix porque también esta criatura fantástica muere. En efecto, también el ave propicia las condiciones necesarias para fallecer porque sabe que de sus propios restos emergerá una versión de sí misma mucho más poderosa. Todo esto ayudará en su ascenso, pero no sin antes ser consciente de un aspecto: que habrá un final, que una parte de nosotros mismos se irá también, se convertirá en cenizas, en los restos de un pasado que esperamos nunca más vuelva.

No obstante, esas cenizas (experiencia del pecado) no se las llevará el viento, al contrario, constituirán parte de nosotros mismos para dar forma a un ser que renace del fuego mucho más fuerte, más grande, más sabio, más santo… Y todo esto gracias a Aquel que constantemente mueve nuestros corazones a la conversión y que, tras este acto purificador, nos permite seguir adelante con el rostro bien alto y las alas bien abiertas. Por ello, al igual que ocurre con el ave Fénix, la conversión implica en nosotros un renacimiento, es decir, la capacidad de volver a la vida divina resurgiendo de nuestro polvo y ceniza.

Jesús García Aiz

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