Amigo lector: Quiero compartir contigo algo que aprendí al comienzo del Adviento. A pocos días de comenzar este tiempo de preparación a la Navidad, que es, sin duda, también una actitud cristiana, pregunté a una persona por un familiar enfermo. Se trata de una persona mayor y ya con muchos problemas de salud. En la conversación pregunté por un dolor que le había aparecido y de difícil solución, la respuesta fue decirme que lo tenía pero “que ya se le quitaría”. Ese “que ya se le quitaría” aquella persona no me lo decía con una resignación brusca o absurda, al contrario, me lo decía con mucha esperanza y mucha confianza. Es fácil concluir que se le quitaría cuando se le quitara todo –“momento de lo definitivo”-, se refería a eso porque el sentido de fe es muy grande en quien me hablaba. Me lo decía porque la situación del enfermo estaba en manos que Dios que nos ama.

Te aseguro, amigo lector, que esa respuesta inadvertida en la conversación me ha hecho pensar y me ha ayudado a entender la virtud teologal de la esperanza. Son una aplicación perfecta de las palabras del Papa Benedicto XVI en la encíclica que regaló a toda la Iglesia sobre la esperanza, Spe salvi, y al hablar de lugares de aprendizaje para la esperanza considera el sufrimiento y afirma: «Lo que cura al hombre no es esquivar el sufrimiento y huir ante el dolor, sino la capacidad de aceptar la tribulación, madurar en ella y encontrar en ella un sentido mediante la unión con Cristo, que ha sufrido con amor infinito» (nº 37).

Para la preocupación y la desesperanza tenemos motivos de sobra, la ventana que abramos para que entre aire fresco es un foco de desastre o de desasiego más o menos provocado o evitable. No podemos negarlo, y Dios me libre de pasar por alto las personas que sufren por lo que sea o que lo pasan mal. Estas situaciones que nos afectan de un modo u otro, ponen a prueba nuestra limitación porque es poco lo que tenemos al alcance como solución adecuada. Es entonces cuando tendremos que ponerlo todo en las manos de Dios, buscar actuar con rectitud de intención y revisar la propia vida. Quizás sólo podremos rezar y la oración afirma el Papa en la misma encíclica es el primer lugar de aprendizaje de la esperanza: «Cuando ya nadie me escucha, Dios todavía me escucha. Cuando ya no puedo hablar con ninguno, ni invocar a nadie, siempre puedo hablar con Dios. Si ya no hay nadie que pueda ayudarme – cuando se trata de una necesidad o de una expectativa que supera la capacidad humana de esperar–, Él puede ayudarme. Si me veo relegado a la extrema soledad...; el que reza nunca está totalmente solo» (nº 32).

No es lo nuestro caer en la tibieza o en el desánimo como aquellos que no tienen esperanza, o razones para la esperanza. No es el mejor camino vivir de espaldas a la realidad o a la vida misma, pero vivir como si no fuera Dios quien va dirigiendo la historia y que todo es para nuestro bien, o tendremos que aprender a sacar bien tampoco es postura del todo acertada. Tal vez será la fidelidad a lo que creemos o volver al amor primero del que se nos habla en el libro del Apocalipsis (2,4) y no dejarlo enfriar más. Afirma Benedicto XVI: «Es importante sin embargo saber que yo todavía puedo esperar, aunque aparentemente ya no tenga nada más que esperar para mi vida o para el momento histórico que estoy viviendo. Sólo la gran esperanza-certeza de que, a pesar de todas las frustraciones, mi vida personal y la historia en su conjunto están custodiadas por el poder indestructible del Amor y que, gracias al cual, tienen para él sentido e importancia, sólo una esperanza así puede en ese caso dar todavía ánimo para actuar y continuar» (nº 35).

Tan cerca como estamos de la celebración de Navidad quiero decirte que procures que sea navidad para todos. Nada ni nadie puede ocultar la Luz que brilla en Belén. Es la Luz que necesitamos y hacia la que debemos mirar y dirigirnos. Puede causar desconcierto o algo así como que no convenga pero ese es Dios que nos ama. Los pies del mensajero que anuncia la paz aparecen en el mundo tiernos y débiles pero son el camino de la verdad y de la vida. Sin Él no podemos hacer nada aunque sea tan pequeño. Amigo lector, hermano, testigo de esperanza. Rezo por ti y quiero que lo hagamos unos por los otros, para que el Hijo de Dios hecho hombre, la gracia que aparece renueve nuestra vida y nuestra mundo.

                                                                                   Antonio de Mata Cañizares

                                                                                   Vicario Episcopal

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