La cultura de la paz ha de ser la cultura del diálogo. Desde la creación de las Naciones Unidas se dispuso de una plataforma internacional de diálogo para la evitación de las guerras en los conflictos entre las naciones. Desde el Concilio Vaticano II, la Iglesia católica busca el diálogo con las otras iglesias o comunidades cristianas, con las otras religiones y con toda la humanidad.

En las últimas décadas, ha crecido la crispación social y política y todos forcejean por imponerse con la lógica del poder de que disponen, lógica del poder reduplicada por el poder de los medios de comunicación. Los Parlamentos se han convertido en un juego aritmético de votos y alianzas, que imponen sus resultados hasta la nueva convocatoria de votaciones. El hablar para hacerse entender, dialogar, dejarse convencer o convencer a otros es la definición teórica del parlamentarismo, pero bastante en desuso. Si pasamos al campo laboral, cultural, eclesial y hasta el familiar, se echa de menos muchas veces el diálogo, tomado en serio y con sentido de responsabilidad.

Este clima de hacerse valer por la fuerza o el poder de que se dispone es un retroceso respecto de los valores que la cultura occidental y la cristiana ofrecen a la humanidad; valores que ni el mundo occidental ni los cristianos estamos siendo capaces de practicar. Así pues, permanecen como ideales ciertos valores que nos urgen. Aunque ideales, orientan, corrigen, cuestionan nuestras conductas.

Entre ellos está, como venimos diciendo, conceder a la racionalidad dialogante la primacía en las relaciones interhumanas. La violencia es por definición lo irracional; la fuerza bruta es en sí ciega; vencer por la fuerza no es tener razón. En el diálogo se buscará la mejor verdad que podamos sobrellevar entre todos. Nadie es más que nadie ni menos que nadie.

El derecho, las leyes y la justicia, en principio, están para favorecer a los débiles. Aunque el momento actual nos previene sobre la inflación legislativa y judicial, sobre los intereses egoístas que pueden influir en la creación de las leyes y sobre la desigual aplicación de las leyes según a qué individuos o sociedades, no por eso hemos de dejar de valorar la ley. La legislación positiva de un Estado o una institución será siempre perfeccionable. Pero no aceptar una ley y una instancia arbitral de apelación para todos, es dejar al ser humano sin posibilidades para una vida social. Ante el recrudecimiento de la violencia de todo tipo, preferimos que los humanos nos atengamos a unas leyes que valgan para todos y a unos árbitros no implicados en el litigio.

Pero además de apelar a la racionalidad y al derecho, expresión del mejor Occidente, hay que apelar también al corazón, a la persona y su exigencia fundamental de amar y ser amada. Es un problema difícil el de la universalidad de los derechos humanos: ¿cómo se entienden desde otras culturas y religiones las ideas plasmadas en nuestra declaración universal de los derechos humanos? Desde el Islam se han hecho intentos de reformulación de los derechos humanos y no los entienden más que en la medida en que pueden ser asumidos por su ley religiosa. No se reconoce la autonomía de los seres humanos al margen de la voluntad de Dios. La comunidad sigue estando por encima del individuo. En Occidente, en cambio, recuperamos el derecho del individuo por ser persona humana, pero se nos ha quedado petrificado en el liberalismo, pendiente de un equilibrio con las exigencias de lo comunitario, lo social, lo solidario y fraterno.

Apelar al corazón es animar a unas presencias y unos encuentros entre los hombres, yendo con la gran fuerza moral del amor fraterno, desarmados de toda otra fuerza, a la espera y en la confianza de que nos vamos a poder entender y ayudar. Esto es lo que, últimamente, en ámbitos eclesiales ecuménicos e interreligiosos, se viene llamando “el dialogo de la vida” compartida (buena vecindad, apoyo mutuo, oración), que ha de vivirse antes, durante y después del diálogo de ideas o diálogo teológico.

Manuel Pozo Oller,

Vicario Episcopal

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