Manuel Pozo OllerLos días primeros del mes de noviembre celebramos la solemnidad litúrgica de Todos los Santos y la conmemoración de todos los Fieles Difuntos. Son días llenos de recuerdos, de sentimientos y oraciones en los que se nos invita a contemplar el tiempo jalonado de historia y vida.

Sin duda, uno de los grandes signos del amor de Dios a nuestro mundo a lo largo de la historia han sido los innumerables testimonios de santidad, reconocidos oficialmente en el catálogo de beatos y santos o no. Y desde nuestra situación limitada de inmanencia, el peregrino (homo viator) no tiene mejor camino para acercarse, y entender el amor de Dios y su infinita ternura que contemplando las vidas de los santos, hombres y mujeres de carne y hueso tocados por la gracia divina. En efecto, desde los ojos y el corazón de Dios Amor se entiende perfectamente la abnegación hasta el agotamiento de Pedro Claver en favor de los negros y los leprosos; de Vicente de Paúl al servicio de los pobres; el celo hasta el extremo de san Pablo y san Francisco Javier por anunciar la salvación de Cristo a todas las gentes; la pobreza de Francisco y Clara de Asís; la ternura de la madre Teresa para los que son el desecho de la humanidad y tantos otros.

No les queda a la zaga nuestro paisano P. Federico Salvador a los santos mentados más arriba y del que esperamos que la Iglesia pronto lo añada al catálogo de beatos y santos. Aludo a su memoria porque desde hace un año comparto el trabajo pastoral en la parroquial de nuestra Señora de Montserrat de la Ciudad de Almería con las religiosas Esclavas de la Inmaculada Niña (Divina Infantita) fundadas por este almeriense de pura cepa, nacido en el año 1867 en la calle Regocijos de nuestra capital y feligrés de la parroquial de san Sebastián donde fue bautizado y celebró su primera misa ejerciendo su ministerio sacerdotal en las diócesis de Almería, Guadix y Granada. Destinado al Colegio Español en Roma ejerció el cargo de vicerrector y desde allí partió de misionero a México. Piadoso sacerdote y celoso evangelizador desde el púlpito y la pluma, destacó sobremanera por sus contribuciones en la prensa escrita como director del diario católico “La Independencia” y editor de la revista mariana “Esclava y Reina”. D. Juan Alonso Varela, canónigo del Sacromonte de Granada, retrata al siervo de Dios diciendo que “el Señor le dio el quid divinum que distingue a los artistas de los que no lo son: la facultad de ver, sentir y expresar la belleza que hay en las cosas y sus relaciones”. Un sacerdote ejemplar del que esperamos ver pronto reconocidos sus méritos por la Iglesia.

Nuestra Iglesia de Almería además cuenta en estos últimos lustros, entre otros, con el testimonio admirable de santidad del obispo beato Diego Ventaja Milán y compañeros mártires; el Hermano Cecilio de Fondón; el cura Valera, párroco de Huércal Overa, del que en estos días se ha rodado una película y presentado un libro con su biografía; san José María Rubio, nacido en Dalias; Madre Paula Gil Cano, fundadora de las religiosas Franciscanas de la Purísima, natural de Vera; beata Dolores Sopeña, nacida en Vélez Rubio.

La Iglesia desde el primer momento ha mantenido vivo el recuerdo de santidad y martirio de aquellos bautizados que habiendo abrazado la fe fueron fieles hasta el final con amor apasionado a Dios y a los hombres y los ha puesto como modelos de imitación para todos los que buscan a Dios invitándolos a la santidad. La iglesia universal, nuestra iglesia almeriense, no debe ni puede olvidar nunca el testimonio admirable de sus santos manteniendo viva su memoria y proponiéndolos a los bautizados como modelos de imitación en el seguimiento de Jesucristo.

Los santos, en verdad, son nuestros intercesores ante Dios sabiendo siempre, con palabras tomadas de san Policarpo, que  “nosotros adoramos a Cristo porque es el Hijo de Dios: en cuanto a los mártires y santos, los amamos como discípulos e imitadores del Señor”. Tenemos la convicción de que si los santos han vivido como amigos de Dios y ahora comparten en plenitud su Amor también nosotros, con la gracia de Dios, podremos un día alcanzar la misma suerte.

A este catálogo de santos hay que añadir, sin duda, a una multitud que fueron fieles a su bautismo y respondieron con generosidad a la gracia de Dios y que ahora son nuestros intercesores. Santos, por otra parte, que pasaron haciendo el bien sin hacer ruido por lo que sus nombres están inscritos para siempre en el libro de la vida.

 Manuel Pozo Oller,

Vicario Episcopal

 

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