Antonio de Mata CañizaresAmigo lector: Hoy quiero reflexionar contigo de la santidad. ¿No crees que es bueno ir al grano sin rodeos? Lo decimos siempre, y además, la coherencia, con todos los atributos nobles de la vida y de la conducta humana, ¿verdad? Todo eso es la santidad; en cristiano se entiende de este modo. Entenderás que es un don de Dios, no se trata de una conquista pura y dura.

La “primacía de la gracia”, en expresión del recordado y siempre querido Juan Pablo II al comenzar el milenio, ha de ser la convicción profunda del creyente: «Dios nos pide una colaboración real a su gracia y, por tanto, nos invita a utilizar todos los recursos de nuestra inteligencia y capacidad operativa en nuestro servicio a la causa del Reino. Pero no se ha de olvidar que, sin Cristo, «no podemos hacer nada» (cf. Jn 15,5)» (Juan Pablo II, Carta Apostólica Novo millennio ineunte, 38).  Déjame decirte que la santidad es nuestra vocación, y que todos por el Bautismo somos santos; ese es el don. Si tal es el don, la tarea consiste en la «colaboración real» a la gracia con todos los recursos de nuestra persona sin olvidar las palabras del Señor en la alegoría de la vid y los sarmientos, –capítulo 15 del evangelio de San Juan que te invito a que lo leas y reces con él-, de que sin Cristo no podemos nada. Se trata de creer de verdad, de confiar y de amar: creer, adherirse de corazón y con la inteligencia a la verdad que es Cristo, confiar sin ningún temor, y sobre todo amar como Cristo y sabernos amados.

Hace pocos días con ocasión del puente de los santos, mejor dicho, en torno a la Solemnidad de Todos los Santos (1 de noviembre) y la Conmemoración de los Fieles difuntos (2 de noviembre), hemos tenido ocasión de pensar en la santidad, o de pensar en lo importante y definitivo de nuestra vida, quizás con la visita a los cementerios. Lo hemos hecho con la memoria y el corazón puestos en aquellos hermanos para quienes queremos que gocen de la presencia de Dios, y por ellos la oración. Y pedir la intercesión de los santos como ejemplo y ayuda en nuestra debilidad. ¡Qué hermoso!: cuando no podemos o parecen que nos faltan las fuerzas… que ellos nos hagan descubrir que lo nuestro es avanzar sin volver la vista atrás, porque la vida está en manos de Dios que nos ama.

«Los santos son el valor añadido de nuestra civilización. Sin los santos la ciudad es como un cielo sin sol y una noche sin estrellas. Los santos oxigenan la atmósfera de nuestra tierra con el perfume de su caridad… Como los artistas que trabajan el mármol, quitando lo superficial para que emerja la estatua, de igual manera los santos, como artistas de la belleza de Dios, quitan de su propia humanidad lo que es superficial e inútil, para hacer surgir la esencia y la perfección misma de Dios». Era así como el pasado 12 de septiembre, en la Beatificación de Fray Leopoldo, en Granada, Monseñor Angelo Amato, Prefecto para la Congregación de las Causas de los Santos, consideraba la santidad.

Reconocer tanto el valor y la necesidad de la santidad como la exigencia que orienta y dignifica la existencia de la persona y de la sociedad misma. Asumir la primacía de la gracia comporta la exigencia, serena y firme, de tomarse en serio cuanto confesamos en el Credo, el Símbolo de la fe.

Comparto contigo, amigo lector, que podemos aportar mucho a la sociedad y a la cultura, revisa despacio lo de quitar de la humanidad lo «superficial e inútil» para que resplandezca la belleza de Dios. Si tú y yo nos empeñáramos a ciegas nos decepcionaríamos por nosotros mismos y por lo que nos llovería de la gente. Pero saquemos bien: por una parte sabemos que no podemos prescindir de la tarea: que tenemos que ser santos de cuerpo entero o si no nos borramos; y por otra parte, el desánimo de la realidad. Por aquí podamos empezar: entender –por propia experiencia- que lo nuestro es caminar hacia la plenitud, hacia los bienes eternos; buscar siempre el Reino de Dios y su justicia, saber brindar la mano y la sonrisa, privarse de todo juicio y prontos para amar servilmente como hizo Jesús y nos dio ejemplo en el lavatorio de los pies. Si quieres te lo digo de otra manera: tú y yo, somos hermanos. Así nos tenemos que mirar. Y empezar por ti y por mí. Los otros lo irán descubriendo no lo dudo ni lo puedo dudar. Hagamos silencio para escuchar las Bienaventuranzas. Ojalá algún día las entendiéramos. Esta es la esperanza que nos tiene alegres; esta es la esperanza de la Iglesia en la que creemos y en la que hemos sido hechos hijos de Dios y hermanos. Esta es la Iglesia del Señor.

 

Antonio de Mata Cañizares

Vicario Episcopal

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