Hoy quiero compartir contigo, amigo lector, una experiencia vivida estos días atrás. Es verdad que no estoy solo para contarte, en esta experiencia hay más personas, creyentes, con nombres y apellidos concretos, y te aseguro que sus rostros, cercanos, me ayudan a escribir y a compartir contigo: son testigos de lo que comenzó en Galilea.

En Galilea comenzamos nuestra peregrinación a Tierra Santa. El monte de las Bienaventuranzas se hace testigo de esta peregrinación especial. El canto de los pájaros hace susurrar en el oído y grabar en el corazón la dicha que Jesús quiere para nosotros, y el modo de vivir de quienes lo reconocemos a Él como Señor y Maestro. Después el lago de Tiberiades hace fuerte la llamada, llamada de amor para decir como Pedro «Señor tu sabes que te quiero». Llamada para confesar la fe de la Iglesia que recibimos de los Apóstoles (que sereno y convencido suena el Credo). El lago de Galilea, evangelio en la mano, la vocación de los primeros discípulos hace sentir el paso de Jesús y la fuerza para dejar las redes y seguirlo… Que no falte la fe para bregar siempre sin sentir miedo… La mirada fija en Jesús y la oración: No me dejes, Señor, dame fuerza para seguirte, quiero estar contigo, caminar en bonanza y en tempestad, siempre contigo, empuja… «que a pesar de mi cuerpo cansado mis pies en la arena sigan tu voz». Una certeza en el corazón me hace vivir «tan solo quieres que yo te siga».

La renovación de las promesas del Bautismo en el Jordán reafirman que somos seguidores del camino, discípulos. Renovar el Bautismo es renovar la decisión de seguir el camino propuesto por Jesús, de Verdad y de Vida, dejando atrás los signos que destruyen a la humanidad y dispuestos a acoger la nueva creación. «Los que os habéis incorporado a Cristo por el Bautismo os habéis revestido de Cristo», así lo vivíamos en el Jordán sumergidos en el agua; revestidos de Cristo, criaturas nuevas en las que renace la esperanza de sabernos hijos en el Hijo.

Hecha la renovación de las promesas del Bautismo, vendrá la renovación de las promesas del estado de vida de cada uno, de cada hermano peregrino. En Caná de Galilea, contemplando a Jesús que convierte el agua en vino, los matrimonios renuevan que su amor, bendecido el día de su Boda, sacramento del amor como Cristo amó a su Iglesia, y así quieren vivirlo: en acción de gracias y pidiendo que la gracia que recibieron en el sacramento del matrimonio se prolongue a lo largo de toda su vida. Iglesia doméstica a ejemplo de la Sagrada Familia: escuela para ser humanos, silencio e interioridad, trabajo, amor; Iglesia doméstica que escucha a Dios y hace avanzar el mundo con sabiduría.

Los sacerdotes, en el Cenáculo, renovamos las promesas del día de nuestra Ordenación: llamados, consagrados y enviados a continuar ahora lo que empezó en Galilea. La voz y las manos de Jesús quedan reflejadas en la voz y las manos de los que por la gracia sacramental le representan, ¡de los que Él ha querido que le representen y sean su presencia! Pies del mensajero que anuncian la paz. Gracias, Señor, nos has elegido con amor de hermano para que seamos tuyos, nos configuremos contigo. Gracias Sacerdote Eterno, por la misión de reconciliación y de fraternidad que nos has confiado. Tuyos somos y tuyos queremos ser. Cenáculo, la Eucaristía y Ministerio Sacerdotal; efusión del Espíritu para la reconciliación y la misión; lavatorio de los pies y del mandamiento del amor.

Amigo lector, hay algo entrañable en todo lo visitado de lo que no te he dicho nada y sabes que no ha sido por olvido: me refiero a la Basílica de la Anunciación. Es el encuentro con la Madre. Abres el corazón y le confías…, quieres vivir en Tierra Santa con Ella, tu sí quiere estar unido al suyo, tu mano a la suya, como un hijo camina con la Madre y le da seguridad. «Siempre acudimos a ti… yo sé que tu amor no ha cambiado, yo sé que me sigues queriendo».

Para los últimos días de la peregrinación queda Jerusalén. Amigo lector, quisiera que estuvieras conmigo en Getsemaní y en el monte de los Olivos. Que recibiéramos juntos la invitación del Señor a velar y a orar, no quedarse dormidos… La traición de Judas y las negaciones de Pedro, te aseguro que pediríamos a Jesús de corazón que nos mirara como a Pedro y nos hiciera llorar. Terrible noche, amor que llega hasta el extremo. Que estuvieras conmigo en el vía crucis por la vía dolorosa y entráramos en el Santo Sepulcro. Inquietud… (te he dicho que estuvieras conmigo porque es difícil expresar). Que la muerte de Jesús sea arrancar las cruces del mundo y las situaciones de muerte; que nos haga caminar con esperanza y amar como Él nos amó; seguirlo sin volver la vista atrás con la mano en el arado. Belén puso fin a la peregrinación. Dios es tan grande que puede hacerse pequeño; Dios se hace humano para hacernos a nosotros eternos. Un corazón de Niño que afiance nuestra fe, y ahora con los nuestros revivamos todo en nuestra tierra Un corazón para dar gracias a Dios por los hermanos peregrinos y decir cada mañana con toda humildad y verdad: «Señor, tú lo sabes todo, tú sabes que te quiero» (Jn 21,17).

Antonio de Mata Cañizares

Vicario Episcopal

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