Lejos de aparecer frágil, la persona humilde hace visible su grandeza.  La humildad, cuando es auténtica y sincera, conmueve desde la sencillez. Ya en su etimología nos refiere a lo esencial, a la tierra. Porque la palabra humildad viene del latín “humilis”, y ésta a su vez de humus: aquello de lo que la naturaleza se desprende y que a su vez la enriquece, la fertiliza y la hace crecer.

Lejos de ser frágil, la humildad nos muestra la grandeza de la persona que la manifiesta, precisamente porque nace del sentimiento de la propia insuficiencia: siempre hay algo o alguien de quien aprender; siempre es posible hacer las cosas mejor, siempre puede uno cuestionarse el valor y sentido de lo que está haciendo en su vida personal y profesional, y desde allí afrontar nuevos retos, desarrollar nuevas habilidades, aprender nuevas lecciones o construir nuevos puentes. Por ese motivo, la humildad va de la mano de la conciencia y tiene un enorme poder de revelación porque desde ella las perspectivas de pensamiento y de actuación son infinitas, ya que nacen del sentido común, de la duda razonable, de la desnudez que reconoce que aún queda mucho trabajo por hacer, siempre, para encarnar la realidad en todas sus dimensiones: en uno mismo, en la relación con el otro, en nuestros actos o creaciones, en la vida.

Afortunadamente, la riqueza que genera la humildad no se apalanca en la droga del éxito que tanta adición genera, y que es como un pozo sin fondo o como zanahoria que se mantiene a distancia constante de la nariz y hace que el burro tire del carro hasta que revienta de puro agotamiento movido por una quimera. Quizá por ese motivo, la humildad tiene mucho más que ver con el cumplimiento que con el éxito; con cumplir con el deber, con lo prometido, con lo acordado, con hacer bien lo que se debe hacer, lo que toca hacer, lo que es necesario. Luego, el humilde no se vanagloria o se distrae en sus logros, sino que sigue trabajando y disfrutando con su tarea, cómo no, sabiendo que el éxito no es un fin en sí mismo, sino un síntoma al que no conviene prestar demasiada atención porque no sólo despista, sino que aturde y hasta puede generar una severa y aguda idiotez y ensimismamiento que se manifiestan como consecuencia de la adulación colectiva.

Tampoco conviene confundir la humildad con la falta de modestia, que no deja de ser una vanidad sumamente hipócrita, ya que precisamente la humildad es lo contrario de la vanidad. Y mientras ésta nos ciega, nos aleja de la realidad y nos separa de los demás, la humildad nos revela y nos pone en contacto con lo real, con lo esencial, con lo auténtico que podemos encontrar en lo exterior y en nuestro propio interior.

Su expresión se manifiesta en las pequeñas cosas, en los detalles, en códigos de comunicación para nada aparatosos, sino sencillos y básicos, pero de enorme valor para el que los recibe. Así, esos detalles humildes se convierten en regalos acaso aquellos a los que damos más valor, porque son auténticos. Con el tiempo, son estos obsequios los que recordamos con la perspectiva que nos va dando la vida, y sabemos que esos y sólo esos regalos son los que quedan porque están en la memoria, más allá de la materia, y nada ni nadie nos los puede quitar. Hoy, que casi todo está al alcance de nuestra mano, sea en efectivo o en cómodos plazos, olvidamos el valor de lo esencial, que no se paga con dinero y que es humilde en su esencia, pero de valor no cuantificable, a veces incluso infinito.

Saber escuchar; brindar a alguien nuestra receptividad silenciosa, acallando nuestra propia necesidad de hablar; abriéndonos a la necesidad del otro de saberse atendido, acompañado, respetado es, sin duda, un gesto de humildad que fertiliza la relación y enriquece el valor de la amistad. 

Manuel Pozo Oller,

Vicario Episcopal

 

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